
Antes de que existiera el salón de clases, la milpa ya era una escuela. Entre los pueblos mayas de Chiapas, un niño aprendía a sembrar acompañando a su padre, escuchaba la historia de su comunidad de boca de los ancianos, y entendía el respeto observando cómo se trataban los mayores. No había pizarrón, ni horario, ni examen. Y sin embargo, había educación: una que formaba personas completas, ligadas a su tierra y a su gente.
Esa forma de enseñar, que el sistema escolar suele ignorar, todavía está viva en las comunidades tojolabales, chujes, tseltales y tsotsiles del estado. Y alguien se dio a la tarea de escucharla con cuidado: durante tres años, un investigador recorrió esas comunidades preguntando a ancianos, adultos y jóvenes cómo educan sus pueblos. Lo que encontró pone en aprietos varias certezas sobre lo que significa aprender.
Una palabra que ya guía a Chiapas
El corazón de todo es un concepto que hoy suena en cada rincón del estado: el lekil kuxlejal en tseltal y tsotsil, jlekilaltik en tojolabal. Se traduce como «la buena vida» o «el bien de nosotros». No habla de acumular dinero ni de progresar a costa de los demás, sino de vivir en equilibrio con la comunidad, con la tierra y con el cosmos. Su premisa es sencilla y radical: nadie vive bien si los demás viven mal.
Ese concepto dejó de ser materia de estudio para volverse política pública. El gobierno de Chiapas lo adoptó como eje de su modelo educativo, y en 2026 fue tema de un congreso internacional. Lo que esta investigación aporta es el sustento profundo de esa idea: de dónde viene, qué significa en la vida diaria de los pueblos y por qué propone otra manera de entender el desarrollo.
Cuando «progreso» significó borrar la cultura
Para entender la propuesta hay que mirar atrás. Durante décadas, el desarrollo se midió solo en dinero y cosas. El estudio rescata un documento de Naciones Unidas de 1951 que lo decía sin rodeos: el progreso económico acelerado exigía que «las filosofías ancestrales sean erradicadas» y que «las viejas instituciones sociales se desintegren». La cultura de los pueblos era vista como un estorbo para avanzar.
Esa visión empezó a resquebrajarse. En los años ochenta, la propia Unesco reconoció que no puede separarse la cultura del desarrollo, y que el crecimiento sin alma —solo cifras, sin satisfacción espiritual ni comunitaria— deja a la gente atrás. Hasta un economista tan reconocido como Amartya Sen llegó a afirmar que el desarrollo es, en sí mismo, una práctica cultural. El estudio retoma ese hilo para defender una idea: imponer un modelo de bienestar único, igual para todos, ignora que cada pueblo define la buena vida a su manera.
Aprender sin aula
El hallazgo central es que, para estos pueblos, educar no es llenar a un niño de contenidos, sino formarlo como persona dentro de su comunidad. El estudio lo documenta con palabras propias de cada lengua que no tienen traducción exacta al español, pero que encierran filosofías enteras.
Entre los tseltales, el conocimiento se nombra p’ijtesel, y no se adquiere en un pupitre: se recibe sobre todo de los ancianos, escuchando, entendiendo y reflexionando, hasta llegar a ser una persona correcta y consciente. Entre los tsotsiles existe el ai’el snopel, el sentir-pensar-escuchar, donde el pensamiento y la emoción trabajan juntos en el acto de conocer. Y para los tojolabales, la palabra misma para cultura es modotik: «nuestro modo», la forma de vestir, comer, trabajar y concebir la vida.
| Concepto | Lengua | Significado |
|---|---|---|
| lekil kuxlejal | tseltal / tsotsil | La buena vida o «el bien de nosotros»: vivir en equilibrio con la comunidad, la tierra y el cosmos. |
| jlekilaltik | tojolabal | La versión tojolabal de la buena vida, alcanzada al unir principios éticos con el trabajo comunitario. |
| modotik | tojolabal | «Nuestro modo»: la cultura entendida como la forma de vivir, comer, trabajar y convivir. |
| p’ijtesel | tseltal | El conocimiento que se recibe de los ancianos, escuchando y reflexionando hasta volverse una persona consciente. |
| ai’el snopel | tsotsil | Sentir-pensar-escuchar: la idea de que pensamiento y emoción trabajan juntos al conocer. |
| junk’olal·emnakil·k’anab’ajej | chuj | Los tres pilares de la educación chuj: equilibrio, humildad y respeto. |
La milpa, la cocina y la asamblea como salón
De ahí se desprende lo más provocador. Para estos pueblos, el aula no es el único lugar donde se aprende. La milpa, los corrales, el bosque, las montañas, los espacios sagrados, las asambleas y hasta las cocinas funcionan como ambientes educativos. Son los propios miembros de la comunidad, y no una institución, quienes deciden dónde y cómo se transmite el conocimiento.
El estudio describe principios que sostienen esa enseñanza. Entre los chujes, tres palabras ordenan la vida: el junk’olal (equilibrio), el emnakil (humildad) y el k’anab’ajej (respeto). Entre los tojolabales, el a’tel —el trabajo comunitario— es en sí mismo una forma de aprender haciendo. Y en el fondo de todo late una idea que el español apenas alcanza a nombrar: el corazón como lugar del conocimiento, el kujol tojolabal, el pixan chuj, el ch’ulel tseltal y tsotsil, eso por lo que se vive con dignidad.
Lo que la escuela podría aprender
El autor del trabajo —profesor de la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en Las Margaritas— enmarca todo esto en lo que la teoría llama «interculturalidad crítica»: el reconocimiento de que el saber de los pueblos vale tanto como el conocimiento escolar, y que la escuela oficial ha privilegiado durante siglos una sola forma de entender el mundo, dejando fuera las demás. Recuperar esos saberes, plantea, no es nostalgia: es justicia.
La investigación no propone cerrar las escuelas ni volver al pasado. Su planteamiento es otro: que la educación formal podría enriquecerse si dejara de ver la cultura indígena como un obstáculo al progreso y empezara a verla como una fuente de conocimiento válido. Que un modelo educativo enraizado en la milpa, la asamblea y la palabra de los abuelos no es atraso, sino una propuesta de vida distinta.
En un estado donde se hablan el tseltal, el tsotsil, el chol y el tojolabal, y donde la «buena vida» maya se ha vuelto bandera oficial, la pregunta que deja el estudio es incómoda y oportuna: ¿y si lo que a la escuela le falta es precisamente lo que estos pueblos nunca dejaron de enseñar, sin aula, sin pizarrón, junto a la milpa y al calor de la palabra de los mayores?
El estudio «Cultura propia e interculturalidad crítica: referentes decoloniales en la construcción de Educación Comunitaria en pueblos de Chiapas», de Antonio de Jesús Nájera Castellanos, se publicó en acceso abierto en la revista Educar em Revista (2026).









