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Milton Hernández Moguel, “El Chamaco de Oro”

La radio está “reventada”, lamenta el locutor de 57 años de carrera, uno de los decanos activos más entusiastas y queridos de la radiodifusión de Chiapas.

Óscar Gutiérrez.

 

TUXTLA GUTIÉRREZ,CHIS.- Soy un “radio apasionado” que hace 57 años inició el largo camino de pulsar la vida y las palabras con la potencia abrigadora de los micrófonos, asegura el locutor y maestro de ceremonias Milton Hernández Moguel, “El Chamaco de Oro”, uno de los decanos activos más entusiastas y queridos de la radiodifusión de Chiapas.

 

La añoranza e ironía se vuelve un enjambre de recuerdos. A sus 18 años de edad empezó “de campanero” y operador de la radio al dejar el  taller de su padre, el sastre cortador Pablo Hernández Álvarez, porque  “no quería realizar ojales, ni me gustaba hilvanar las orillas de los pantalones”. También quería ser ventrílocuo, inspirado en Carlos, un artista cómico de televisión que se acompañaba de los muñecos don Neto y Titino, cuyas voces el locutor en ciernes, originario del barrio San Roque, imitaba con gracia y apremio.

 

La historia de don Milton, no exenta de halos de leyenda se teje con la urdimbre de “la palabra hablada” en 1963 en su primer encuentro con la “industria de la radio”. Un romance de “corazón” sostenido con latidos de entrega y granítica vocación, del cual nunca ha querido desprenderse porque le significa una fuente inagotable de satisfacciones, la vida misma.

 

 

La coyuntura la combinó con su condición de conscripto en la zona militar de Tuxtla Gutiérrez y la oportunidad de ingresar a la radioemisora XEON. En aquella época “ser locutor no era una profesión, sino un oficio, como si fuera un carpintero o un electricista, pero eficaz”, amalgama con hilo evocador.

 

La antesala sonora llevó a “El Chamaco de Oro” al lado de locutores consumados por la “pasión verbal” que  con el tropel del tiempo se ubicaron en el pergamino sepia de los primeros continuadores de la radio en Chiapas. Después de medio siglo  gravitan aún los nombres de Manuel de J. Martínez, Ricardo Palacios, Alejandro Sánchez Rodríguez , Luis del Barco Aguilar, Gustavo Maza y Maza, Romeo Pascacio Abarca, Mercedes Leal, Tita Jiménez, “La Dama de la Radio”.

 

 

El veterano locutor revestido del fulgor  de las palabra que tantas veces ha lanzado de la soledad de una cabina de transmisión o en la rigidez de una ceremonia, desmitifica, rasga velos, se asume en la sinceridad inicial de saberse un “eterno enamorado romántico de los extraños encantos” de la radio, imbuido como está por el asombro y el deguste de las palabras.

 

Quienes destacaban al micrófono en aquella “época de oro” de la radiodifusión chiapaneca eran profesores de educación primaria o de secundaria que iban a locución en XEON, “algunos otros como yo  no habían terminado nada más que la preparatoria, o quizá ni la terminamos, porque ya el hambre nos estaba matando”. Así que entré de campanero y operador aquella radioemisora  que el gobierno “de la república” concesionó al ingeniero Enrique Valero Arámbula, desgaja el locutor- locutor.

 

Hernández Moguel cruzó los umbrales de la radio, quedó atrapado en las celdillas del cuadrante a sus 18 años como locutor – aprendiz sin remuneración. Aquella escuela de exigencias imponía el conocimiento de los rudimentos técnicos de la radio como requisitos previos hacia el encuentro con los micrófonos. “El Chamaco de Oro” (como lo bautizó con afecto  el extinto periodista tuxtleco Rodolfo Espinosa Sarmiento) lo  hizo a bote pronto para no perderse en el anonimato de la sastrería. En poco tiempo aprendió y se involucró en las entrañas de la cabina de transmisión con la consola, “las cintas magnéticas” los discos de vinilo y el micrófono entronizado para “oficiar la palabra”.

 

 “Una ocasión de ésas, en las que la fortuna le siguen a uno, el compañero Juan Jorge Ruíz Constantino no quería seguir el segundo turno, ya lo tenían ‘colgado’, como se dice en el argot radiofónico, pidió un tiempo para desayunar. El gerente comercial Pascacio Abarca dispone que, al menos, yo quede operando; en el segundo día que faltaron los locutores, me autorizaron decir la hora. Mi timbre de voz cayó pero muy bien”

 

“En el examen, el 5 de abril 1965 en la Secretaría de Educación Pública , el presidente del jurado dijo: ese joven por mi  parte, pasa, porque tiene una voz argentina (clara, diáfana). Eso me confirmó que era yo un hombre afortunado, y tal vez, para esos caminos de la radiodifusión .Hasta ese momento  no había profundizado cuán trascendente es el desarrollo del humanismo y el pensamiento superior, porque ahí nada más pensábamos que pasábamos canciones  y los comerciales grabados “.

 

A la distancia, en lontananza, con apuntes que contextualizan transmisores, controles remotos, madrugadas de aperturas de turnos, personas, personajes y personalidades, Milton-locutor afirma que la radio es el campo de la comunicación más transparente en la cual se capta los anhelos de la sociedad para transferirlos en un discurso, en una oratoria radial con brillo y academia. “Eso para mí es una fórmula”.

 

“El Ocelote de la Radio” (Milton, de guayabera, o saco, infaltable maletín, zapatos relumbrantes, pelo engominado, presto y dispuesto para su  incansable ritual de conversador…‘qué tal colega, mm parece que va a lloverrrr’ ….es la última imagen del “viejo locutor” , del profesional de una radio congelada detrás de cristales nublados por la lluvia, un sentimiento radiofónico que se niega a desaparecer porque representa un “espíritu de época”) voltea, su mirada traspasa más de medio siglo de experiencias que lo facultan en juicios y criterios. La radio está “reventada” con  vacíos expresivos y su apología de violencia incontenible. Urge reinventarla, que no sea monólogo y retorne a la comunicación auténticamente humana.

 

 

Cuando niño, el ex locutor de Radio Cadena Radio Nacional (RCN) – de donde nunca se separó y estuvo 33 años hasta su jubilación, en cuya señal cobraban vida cada día “Tres Patines”, “Kalimán, El Hombre Increíble”, “Una Flor en el Pantano”, “Natasha” – hoy  Radio Comunicación de Chiapas (GRC), escuchaba las estaciones de radio en los desaparecidos receptores de bulbos Majestic y Telefunken. En la secundaria utilizaba un frasco de talco vacío como micrófono para narrar encuentros de basquetbol. Urdía con sus emociones verbales las posibilidades de acceder a la comunicación profesional.

 

En los radios de onda corta escuchaba por las noches las transmisiones de “La Voz de América” que llegaban de Estados Unidos. Aterrizaban en sus oídos las experimentadas voces de los locutores Ramón Livi, de Enrique González Rigueria y Jorge Pérez del Río. Las expresiones bien acentuadas traían el carruaje de la ilusión. Sílabas, frases, universos ciertos o imaginarios acomodados con el poder de las palabras abrían senderos que años después “Piquito de Oro” (como también le llama un periodista tuxtleco) recorrería de la mano de la locución y la imaginación.

 

Aquellas personalidades “radio eufónicas” fueron también maestros míos porque me enseñaron “el buen decir” con  la propiedad del idioma, la buena dicción, el contenido científico – humanístico, reconoce humildemente el locutor tuxtleco. Habla, vuelve a aquel recorrido, como cuando muchacho. La voz quebrada, sus pupilas cuajadas surgen del letargo de la querencia.

 

 

Aquellas narraciones en la radio “clásica” impulsaban al niño – que en algún momento pensó que adentro del aparato receptor estaban y habitaban los locutores- ligarse a los micrófonos, que muchos años después bajo el auspicio del oficio-profesión lo llevaron a conocer países de Latinoamérica, Europa y los Estados Unidos. Lo trasladaron al mundo que soñaba, envuelto en los chirridos que surgían al modular el destartalado radio que fue picaporte de ensayos para los primeros balbuceos de la “engalanada palabra”.

 

Los itinerarios, los viajes a esos países en “las alas de la radio” emergen de la cantarina voz de Hernández Moguel. Relatos, anécdotas, aparecen surgidos del sopor de un sueño que se resiste a concluir. Esas rutas están atrapadas también en incorpóreas fotografías amarillentas. El muy joven “radio locutor” Milton Neftalí aparece trepado en una camioneta de transmisiones de la antigua Radio Caracol, en Colombia.

 

La víspera de julio  de 1969, el hijo del sastre cortador del barrio San Roque transmitió para la RCN, varios reportajes previos a la llegada del hombre a la luna. Aquella misión del Apolo 11, tripulada por Neil Armstrong, Edwin Aldrin, y Michael Collins. El suceso científico fortaleció en el “contador de hechos verbales” su inquietud por los fenómenos paranormales, de la ufología en específico, acompañado como estaba ya desde su infancia de algunas experiencias metafísicas.

 

Frente a las pirámides de Egipto, “El Chamaco de Oro” meditó el misterio de la vida. “Soy un hombre que tiene tiempo para dedicarse a las cuestiones paranormales, me interesaba ir y subirme a la pirámide de Keops. Estuve ahí  30 minutos, acompañado de un australiano que llevó una flauta  junto a un pequeño tanque de granito donde se dice que estuvo Tutankamón, pero no es cierto ahí estuvo El Arca de la Alianza, por eso la zona es muy magnética”.

 

La amorosa inquietud por la palabra tiene origen en su tatarabuelo Romualdo Moguel Orantes, “Don Ruma”, un personaje delirante del periodismo de las primeras décadas del siglo XX en la capital de Chiapas, quien se autoproclamó reportero y editor a mano del insólito  periódico “La Nueva Estrella de Oriente”.

 

Mi raíz, mis ceremoniales a la palabra radiofónica están en la finca Morelia de Cintalapa de Figueroa. Ahí nació mi madre María de Jesús Moguel Rodas y “Don Ruma”, de donde se me vierte la sangre, el entusiasmo por la comunicación radiofónica y la mística por el servicio. Algo me habrá contagiado, rememora el comunicador “de la vieja camada”, que en sus transmisiones  de ufología en la XEIO creó  a la astróloga “Mara Yadira”, “intérprete del futuro y lectora del pasado con la ayuda del oráculo”.

 

Curtido por la experiencia de una “industria de la radio” que hoy existe únicamente en el espejo de la añoranza, a sus 73 años don Milton lamenta y critica la situación actual de los medios electrónicos. La radio está “reventada”, involucionó en monólogo hueco, ausente, paradójicamente cuando los micrófonos deben despejar odio, violencia y venganza, difundir valores humanos  para comunicar “al hombre con el hombre, la radio debe atender el interés de la sociedad que es culturizarla”.

 

Retirado de la radio comercial y de ceremonias oficiales y oficiosas, “El Chamaco de Oro” trajina la radio desde su casa. “El Radiófono”, su programa (que como un desvencijado radio de bulbos lleva de un sitio a otro, a riesgo de desparramarlo pieza pies en cualquier esquina de la ciudad) es un espacio para la cultura y el arte local que concita a cantantes y creadores e impulsa a jóvenes y noveles locutores al aprendizaje de la radio empírica que nada más puede construirse con vocación, “lengua y corazón sonoro”.