
Cómo San Cristóbal coronó a la Virgen de Guadalupe en 1931 y cambió el catolicismo de Chiapas
El 12 de mayo de 1931, mientras en buena parte del país los actos religiosos en la vía pública estaban prohibidos y los templos cerrados o vigilados, en la Catedral de San Cristóbal de Las Casas un obispo colocó una corona de oro sobre la imagen de la Virgen de Guadalupe.
La ceremonia, ensayada durante casi dos años por un comité de laicos coletos y autorizada por la Santa Sede, marcó el nacimiento institucional del culto guadalupano en Chiapas, una entidad que hasta entonces había vivido la devoción a la Guadalupana de manera dispersa, doméstica y poco visible.
Un país sin actos religiosos públicos
Para entender la importancia simbólica de aquella coronación hay que volver al contexto político mexicano de finales de los años veinte. Entre 1926 y 1929, el país atravesaba la llamada Guerra Cristera, un conflicto armado que enfrentó al gobierno federal de Plutarco Elías Calles con grupos católicos que se opusieron a las restricciones impuestas al ejercicio público del culto. Aun después del armisticio, la legislación anticlerical siguió vigente bajo el llamado Maximato, y muchos estados continuaron prohibiendo procesiones, peregrinaciones y misas al aire libre.
En ese entorno hostil para la Iglesia católica, la diócesis de Chiapas —entonces la única en todo el territorio estatal— vio una oportunidad: aprovechar el cuarto centenario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac (1531-1931) para impulsar una gran campaña de evangelización guadalupana que diera cohesión a la feligresía y reforzara la presencia católica frente al avance del Estado laico y de otros credos.
El obispo, el comité y un boletín quincenal
El responsable principal del proyecto fue el obispo Gerardo Anaya y Diez de Bonilla, titular de la diócesis. Bajo su autoridad se formó un comité organizador integrado por católicos residentes de San Cristóbal de Las Casas que pertenecían al grupo de oración Acción Católica, además de comités auxiliares en cada una de las parroquias del estado. La estrategia consistió en preparar el terreno durante dos años, parroquia por parroquia, hogar por hogar.
La pieza más interesante de esa preparación fue un boletín titulado La Virgen de Guadalupe, editado por el propio comité y distribuido en iglesias del estado los primeros y terceros domingos de cada mes entre 1929 y 1931. En sus páginas se difundían oraciones, mandas, agradecimientos, poemas y testimonios de “acciones de gracias” enviados por feligreses chiapanecos. La antropóloga Lucero del Carmen Paniagua Barrios, investigadora del CIESAS Sureste, analizó estos textos en un artículo publicado en 2025 en la revista EntreDiversidades de la Universidad Autónoma de Chiapas y los identificó como exvotos textuales: relatos en los que personas comunes contaban cómo la Virgen las había sanado, las había protegido en un parto difícil o las había salvado de un accidente.
El boletín también vendía mercancía devocional: imágenes grandes y pequeñas de la Guadalupana para entronizar en los hogares, medallas, crucifijos y diplomas de Primera Comunión. La idea, registrada en los documentos del Archivo Histórico del Estado de Chiapas resguardados en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), era llevar a la Virgen de la calle prohibida a la sala de cada casa coleta.
El día de la coronación
El 12 de mayo de 1931 la Catedral de San Cristóbal de Las Casas se llenó. La coronación de una imagen mariana era —y sigue siendo en la liturgia católica— un acto solemne que simboliza el reconocimiento de la Virgen como soberana, con su traslado al cielo en cuerpo y alma. Para gestionarla ante la Santa Sede se requería autorización papal expresa; para celebrarla se hacía fiesta, se tocaban las campanas, se oficiaba misa y se acuñaban medallas y estampas conmemorativas.
La elección de la fecha no fue casual: ese mismo año, el 12 de diciembre de 1931, se celebraría en la Ciudad de México la conmemoración nacional del IV Centenario de las apariciones. La coronación en San Cristóbal, siete meses antes, posicionó a Chiapas como una diócesis activa dentro de la celebración mariana de todo el país, en un momento en que el gobierno federal mantenía la presión sobre el culto público.
Con la imagen ya coronada, el obispado lanzó una segunda fase: una campaña diocesana para “entronizar” a la Virgen de Guadalupe en los hogares de los católicos chiapanecos, sobre todo en las parroquias de los Altos de Chiapas, que eran la zona de incidencia directa de la diócesis. El objetivo era convertir a la Guadalupana en “la madre de los chiapanecos” y desplazar simbólicamente a otras vírgenes marianas que ya tenían arraigo regional, como la del Carmen, la del Rosario, la de los Dolores, la de la Merced y la de la Candelaria.
El efecto a 95 años de distancia
Casi un siglo después, esa estrategia diocesana sigue siendo visible. El 12 de diciembre es la fiesta religiosa más cargada del calendario católico en Chiapas; en municipios indígenas de los Altos —donde el catolicismo institucional había llegado tarde y mal por la falta crónica de sacerdotes seculares— se han construido santuarios como el de Pocolúm, en Tenejapa, que opera como réplica indígena de la Basílica de Guadalupe, y capillas familiares en comunidades como Cruztón y Cruz Quemada, en Chamula, que funcionan al margen de la propia diócesis que impulsó el culto.
Paniagua Barrios reconstruye esta evolución en un artículo recién publicado en la revista Ciencias Sociales y Religión de la Universidad Estatal de Campinas (Brasil), con base en documentación del Archivo Histórico Diocesano de San Cristóbal de Las Casas y trabajo de campo realizado entre 2021 y 2024 en los Altos de Chiapas. Su tesis doctoral previa, Implorando con los pies. El guadalupanismo y las antorchas en San Cristóbal de Las Casas, presentada en la UNICACH, documenta la otra cara del fenómeno: las peregrinaciones de antorcha que cada diciembre cruzan caminos y carreteras chiapanecas rumbo a santuarios guadalupanos.
Las cifras del Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI muestran que Chiapas es hoy el estado con menor porcentaje de población católica del país (53.9% del total, frente al promedio nacional cercano al 78%), pero también el estado donde las celebraciones del 12 de diciembre movilizan multitudes en cada una de sus regiones. El guadalupanismo, en otras palabras, sobrevivió al avance protestante, al cambio generacional y al adelgazamiento del catolicismo, en buena parte porque hace 95 años una diócesis pequeña apostó —en plena persecución religiosa— por sostenerlo desde una catedral en la antigua capital del estado.
Mientras tanto, la corona de oro que el obispo Anaya colocó en 1931 sobre la imagen de Guadalupe sigue en la Catedral de San Cristóbal de Las Casas. Y cada 12 de diciembre, decenas de jóvenes con antorchas encendidas pasan frente a ella en silencio antes de seguir camino hacia las comunidades de los Altos.












