
Las capillas guadalupanas que rompieron la hegemonía religiosa de Chamula desde los 90
A la salida de Cruztón, sobre la carretera que sube hacia Tenejapa, hay una curva pronunciada en la que durante años se volcaban los taxis. Los conductores hablaban de un niño vestido de rojo que aparecía de noche en el camino y jalaba los carros hacia el precipicio. En 2006, dos asociaciones de transportistas de la comunidad chamula —Azteca y Maya— juntaron dinero, compraron una imagen de bulto de la Virgen de Guadalupe y construyeron una pequeña capilla justo en el filo de la curva. Desde entonces, según ellos, los accidentes pararon.
Esa capilla es solo una entre docenas que han brotado en los últimos treinta años en localidades chamulas a los márgenes de las carreteras que cruzan el municipio. Todas comparten un patrón: están dedicadas a la Virgen de Guadalupe, fueron levantadas por familias, vecinos o gremios, y operan completamente al margen de la Iglesia católica institucional.
El antes: capillas solo en la cabecera
Hasta hace cuatro décadas, las élites tradicionalistas que controlaban la vida ceremonial de Chamula no permitían que se construyeran capillas católicas particulares fuera de la cabecera municipal, donde se levanta el templo dedicado al santo patrón San Juan Bautista. La antropóloga Lucero del Carmen Paniagua Barrios, investigadora del CIESAS Sureste que estudia el guadalupanismo de los Altos de Chiapas desde 2019, explica que esa regla operaba como un dispositivo de poder: concentrar el culto en un solo punto garantizaba que las fiestas, las ventas de velas, posh y refrescos, y el flujo económico que generan las celebraciones quedaran en manos de un grupo reducido de caciques.
Ese arreglo se rompió en los años noventa. La investigadora sitúa allí el inicio de una proliferación de capillas guadalupanas en localidades chamulas como Tzalatón, Lomhó, Tzajatetic, El Ciprés, Cruz Quemada, Macvilhó, El Callejón, Nichtón y Cruztón. Todas están construidas sobre terrenos privados —de una familia, un linaje o una organización vecinal—, casi todas a los márgenes de las carreteras que conducen a San Andrés Larráinzar, Chenalhó, Pantelhó y Chalchihuitán, y casi todas pintadas con los colores patrios verde, blanco y rojo, con relieves de estrellas, flores y cruces en la fachada.
Esa expansión es la señal arquitectónica de un cambio político mucho más profundo: la descentralización del poder local y el debilitamiento de la hegemonía cacical en el municipio.
El conflicto religioso de fondo
Chamula es el municipio que ha cargado el peso simbólico más alto del conflicto religioso en Chiapas. Desde finales de los años setenta, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha documentado la expulsión de más de 30 mil indígenas tsotsiles del municipio por adoptar religiones distintas al catolicismo tradicionalista. Muchos de ellos fundaron a las afueras de San Cristóbal de las Casas la colonia Nueva Esperanza, que hoy es uno de los símbolos vivos de ese desplazamiento.
Las cifras oficiales más recientes ayudan a dimensionar el contexto. Según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, Chamula tiene 101,967 habitantes; el 99% es población indígena tsotsil. Datos publicados por la Secretaría de Hacienda del Estado de Chiapas con base en el mismo censo registran que el 85.48% de los chamulas se asume católico (81,510 personas) y el 14.52% restante (13,847) pertenece a otras religiones o no declara ninguna. La cifra aparente de mayoría católica esconde, advierten estudios académicos previos, dos décadas de expulsiones que mantuvieron artificialmente la homogeneidad religiosa del municipio.
En ese paisaje, las capillas guadalupanas surgidas desde los noventa cumplen una función adicional: marcan territorio. La Virgen de Guadalupe pintada con colores patrios, con la bandera mexicana al lado, comunica visualmente —al transeúnte, al vecino, al automovilista— que ese pedazo de terreno es católico.
Cruztón: la capilla de los taxistas
La capilla de Cruztón, levantada en 2006 en la curva donde se volcaban los carros, es uno de los casos analizados con mayor detalle por la investigadora durante el trabajo de campo que realizó entre 2021 y 2024. Las dos asociaciones de transporte —Azteca y Maya— operan la ruta San Cristóbal–Cruztón y se organizaron para construir y sostener el templo.
Dentro hay tres figuras principales: la Virgen de Guadalupe de bulto, una cruz chamula y la imagen de San Cristóbal Mártir, considerado por los choferes como “protector de los caminos”. Todas están protegidas con rejas de herrería para evitar robos, porque el lugar permanece abierto todo el día. Una caja de madera con candado guarda las vestimentas de los santos, hechas con lana de borrego siguiendo la usanza chamula.
Las festividades comienzan a las tres de la mañana del 11 de diciembre —no el 12—, porque el 12 cada asociación organiza por su cuenta una fiesta paralela en sus terminales de la ciudad de San Cristóbal de las Casas. Durante el día se reza en tsotsil, se queman cohetes, se reparte posh (aguardiente de maíz fermentado) a los adultos y refrescos embotellados a los niños, se sirve carne de res con tortillas y se baila al ritmo de un grupo musical contratado con las cuotas anuales que aportan los socios.
Cruz Quemada: la capilla que nació de una herencia
El caso de Cruz Quemada, sobre la carretera que lleva a Larráinzar y Chenalhó, tiene un origen distinto. Un habitante de la comunidad tenía en su casa una escultura de la Virgen de Guadalupe y, al morir en 2008, la heredó al pueblo. La comunidad donó un terreno —parte del acceso a la escuela primaria local— y construyó allí una capilla pequeña con un atrio reducido.
El interior es oscuro y está cubierto de veladoras siempre encendidas. En el centro está la Virgen de Guadalupe cubierta con ropas tradicionales chamulas; a los lados, otras imágenes como la Virgen de Juquila y la Virgen del Carmen. En el altar conviven flores naturales, flores artificiales, adornos con los colores patrios y la bandera mexicana.
A diferencia de Cruztón, la fiesta principal en Cruz Quemada se celebra el 12 de diciembre. Por la mañana visitan la capilla grupos de jóvenes antorchistas que van rumbo a otros santuarios. Por la tarde, la antorcha de la propia comunidad regresa, y la música y el baile se mantienen toda la noche.
Católicas pero independientes
Hay un punto que distingue a estas capillas del santuario de Pocolúm, en el vecino municipio de Tenejapa: las capillas chamulas se manejan con autonomía total respecto a la Diócesis de San Cristóbal de las Casas. No hay sacerdote oficiante, no hay misa, no hay autorización eclesial. Las ceremonias las dirigen el presidente de la junta de festejos o un invitado, los rezos son en tsotsil, y la liturgia es la que cada generación va construyendo a partir de la memoria de los ancianos. Es catolicismo, sí, pero practicado por fuera de la institución que lo administra en el resto del país.
Paniagua Barrios desarrolla esta lectura en un artículo recién publicado en la revista Ciencias Sociales y Religión de la Universidad Estatal de Campinas (Brasil), donde compara el santuario de Pocolúm con las capillas chamulas y argumenta que estas últimas no son un accidente: son la herencia de una relación históricamente fracturada entre la Iglesia católica y la comunidad chamula, agudizada desde finales de los setenta, cuando incluso el sacerdote católico fue expulsado del municipio. Las capillas guadalupanas levantadas desde los noventa son, en su lectura, el modo que encontraron grupos pequeños —una familia, un gremio, unos vecinos— para tener fe propia sin pedirle permiso a nadie.
Mientras tanto, en la curva de Cruztón, la imagen de la Virgen de Guadalupe que los taxistas Azteca y Maya colocaron hace veinte años sigue ahí, con su rebozo de lana, vigilando que ningún chofer se quede en el precipicio.











