La obesidad casi se duplicó en Chiapas en lo que va de 2026. El estado pasó de 5,949 casos el año pasado a 10,431 este año, según el más reciente Boletín Epidemiológico de la DGE. En la otra orilla, la desnutrición más grave cedió: bajó de 164 casos a 97.

El contraste no es casual. En Chiapas conviven, a veces en la misma comunidad y hasta en la misma familia, el exceso y la carencia. La desnutrición leve incluso subió un poco —de 945 a 1,028 casos—, mientras la obesidad se dispara. Los dos extremos apuntan al mismo problema de fondo: qué se come y qué se puede comer.

Sobrepeso y hambre a la vez

Durante años, el mal de Chiapas fue la falta de alimento. Ese frente no ha desaparecido, pero hoy comparte lugar con otro: una alimentación abundante en calorías y pobre en nutrientes. La comida ultraprocesada —refrescos, frituras, azúcar— suele ser más barata, más accesible y de más larga vida que las frutas, las verduras o el pescado fresco. Donde el bolsillo aprieta, esa ecuación pesa.

El resultado es una población que puede estar, al mismo tiempo, con sobrepeso y mal nutrida. La obesidad no es solo un tema de peso: abre la puerta a la diabetes, la hipertensión y las enfermedades del corazón, que ya figuran entre las que más atención demandan en el estado.

Comida barata, abundante y poco nutritiva

Revertir esto no se resuelve en el consultorio, sino en la mesa y en el entorno. Las autoridades de salud insisten en lo básico: darle preferencia a los alimentos naturales, tomar agua en lugar de bebidas azucaradas, moverse a diario y acudir a revisiones para detectar a tiempo la diabetes o la presión alta.

La baja en la desnutrición severa es una buena noticia y conviene reconocerla. Pero el otro extremo crece, y apunta al mismo vacío: el acceso desigual a una alimentación sana. Chiapas no dejó atrás el hambre para caer en la obesidad; carga con las dos a la vez.

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