En los últimos años, el paso y la permanencia de miles de personas no solo han transformado las calles, también han dejado huella en la gastronomía y en las historias que se comparten alrededor de una mesa.
Las pupusas, uno de los platillos más representativos de El Salvador, dejaron de ser un alimento desconocido en Chiapas. En los últimos años, el paso y la permanencia de miles de personas provenientes de Centro y Sudamérica no solo han transformado las calles, también han dejado huella en la gastronomía y en las historias que se comparten alrededor de una mesa.
Lo que comenzó como una receta familiar encontró un nuevo significado. Entre clientes locales y viajeros, María Eugenia descubrió que un platillo podía convertirse en un vínculo con la tierra que muchos dejaron atrás. Para quienes cruzan fronteras, un bocado también puede ser un recuerdo de casa.
En un estado que se ha convertido en punto de paso y también de estancia para miles de personas migrantes, las historias detrás de cada rostro cambian la manera de ver el fenómeno. Para María Eugenia, ofrecer comida también es una forma de brindar dignidad.
Más allá de los prejuicios, asegura que la migración también deja enseñanzas de solidaridad. En Chiapas, donde hoy conviven sabores de distintas latitudes, una pupusa puede contar mucho más que una receta: puede narrar el encuentro entre culturas y la esperanza de quienes buscan empezar de nuevo.
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