
En una parcela de la Selva Lacandona, una familia campesina guarda en un costal los granos de maíz que sembrará la próxima temporada. Es la misma semilla que sembraron sus padres y sus abuelos, adaptada durante generaciones al suelo, al clima y a la cocina de la comunidad. Pero cada año son menos las familias que la conservan: poco a poco, el maíz criollo cede su lugar a variedades mejoradas que prometen más kilos por hectárea.
Detrás de ese cambio silencioso se juega algo grande. México conserva 64 razas de maíz — 59 de ellas nativas—, según la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), y Chiapas es uno de sus grandes reservorios. Cuando una variedad criolla deja de sembrarse, se pierde una pieza de esa diversidad que tardó siglos en formarse y que no se puede recrear en un laboratorio.
Chiapas, uno de los corazones del maíz
México es centro de origen y diversificación del maíz, y Chiapas concentra parte de esa riqueza. En el estado conviven maíces de los Altos tsotsiles, de la Selva Lacandona y de las montañas zoques del norte. Cada pueblo seleccionó durante siglos las características que mejor respondían a su entorno y a su comida. El Olotillo, por ejemplo, es una de las razas de maduración tardía que la Conabio ubica en la Depresión Central y la Sierra Madre de Chiapas.
El criollo no siempre rinde menos
La idea de que el criollo produce poco es solo parte de la historia. Un estudio del INIFAP que evaluó 21 maíces amarillos en Chiapas encontró que el Olotillo Amarillo-1, originario de Ocozocoautla, fue la mejor variedad criolla, con 3.1 toneladas por hectárea. Aunque rinde menos que los híbridos, el mismo trabajo recuerda que algunas variedades de Olotillo amarillo han alcanzado hasta 5.5 toneladas por hectárea en buenas condiciones. El criollo, bien manejado, compite. Lo puedes ver en nuestra nota sobre los maíces amarillos que más rinden en Chiapas.
¿Qué se pierde cuando desaparece un maíz criollo?
| Maíz criollo | Maíz mejorado |
|---|---|
| Adaptado al clima y suelo local | Diseñado para alto rendimiento |
| Alta diversidad genética | Baja diversidad genética |
| Resistencia natural a plagas locales | Suele depender de agroquímicos |
| Presente en ceremonias, tamales y pozol | Uso principalmente comercial |
| La semilla se guarda y se comparte | Se compra cada ciclo |
| Reserva genética para el futuro | Más vulnerable ante el cambio climático |
Por qué se abandona y por qué importa
Un estudio sobre la región Lacandona halló que las razones del abandono son sobre todo económicas: las variedades mejoradas producen más y se venden mejor, y las transferencias de ingreso del gobierno reducen la dependencia del autoconsumo. Investigaciones de El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR) sobre agrobiodiversidad apuntan en el mismo sentido.
Pero el maíz criollo no es solo un alimento: es cultura viva. Es el pozol que refresca en la costa, el tamal de chipilín de las fiestas, la tortilla gruesa de las cocinas campesinas. Y, conforme el cambio climático endurece las condiciones de cultivo, esas variedades adaptadas a suelos pobres, lluvias erráticas y plagas locales podrían ser la llave para crear maíces capaces de resistir lo que viene.
De vuelta en la parcela de la Lacandona, la familia campesina vuelve a guardar su semilla para la siguiente siembra. En ese gesto cotidiano cabe un patrimonio que tomó siglos construir. Conservarlo —dicen la ciencia y la experiencia de los pueblos— no es nostalgia: es asegurar el maíz del futuro.











