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Copales zoques: las resinas ceremoniales de Chiapas

Copales zoques, resinas ceremoniales de la Depresión Central de Chiapas

El árbol sagrado que une a seis pueblos de la Depresión Central: Tuxtla Gutiérrez, Copoya, Berriozábal, San Fernando, Ocozocoautla y Suchiapa.

TUXTLA GUTIÉRREZ, CHIAPAS.- María Luisa Gómez aprendió a sahumar mirando a su madre. La vio levantarse temprano, encender el carbón, partir la cáscara de copal, colocarla sobre la brasa y caminar con el sahumerio humeando por toda la casa. “Es que no es difícil, sólo se necesita la lumbre”, dice. Hoy, cada mañana, ella repite el mismo gesto en una de las seis comunidades zoques de la Depresión Central de Chiapas donde el copal sigue siendo, después de cinco siglos, el árbol sagrado que une a este pueblo originario.

Ese gesto mañanero —el de María Luisa y el de cientos como ella— es lo que la doctorante en etnobotánica Alejandra Janeth Díaz-López salió a buscar entre 2022 y 2024 por seis comunidades zoques de la Depresión Central de Chiapas. Visitó mercados, ceremonias y altares en Tuxtla Gutiérrez, Copoya, Berriozábal, San Fernando, Ocozocoautla y Suchiapa, y se sentó a conversar con 102 personas que recolectan, venden o queman copal. El resultado rompió con un viejo silencio: mientras la etnobotánica mexicana documenta hace décadas a los copales del centro del país, “el sur también existe”.

Cuatro árboles, un mismo nombre: copal

En Chiapas habitan al menos 17 especies del género Bursera, el grupo botánico al que pertenecen los copales. De ellas, las comunidades zoques de la Depresión Central usan principalmente cuatro, cada una con un nombre local propio que describe su forma, su corteza o su aroma:

  • Copal de hoja menuda (Bursera bipinnata): árbol con hojas pequeñas en forma de helecho y resina blanca de aroma suave. Es la especie más apreciada en toda la región.
  • Copal de hoja ancha o copalillo (Bursera excelsa): árbol de tronco liso y grisáceo, con resina amarillenta y aroma amaderado fuerte.
  • Copal de zope (Bursera diversifolia): hojas medianas, resina blanca a amarilla, aroma intenso.
  • Copal de zope negro o estoraque (Bursera tomentosa): árbol alto, de tronco recto y hojas afelpadas.

Las personas que recolectan, venden y queman copal no las distinguen como botánicos en un laboratorio, pero reconocen las diferencias con precisión: el tamaño del árbol, la textura de la corteza, el color y el olor de la resina. Es un conocimiento ancestral que la investigación de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) confirma como botánicamente certero.

Una tradición sostenida por seis comunidades

La Depresión Central es una región de selvas bajas caducifolias a 200 y 650 metros sobre el nivel del mar. Aunque el número de hablantes de lengua zoque ha disminuido drásticamente, estas seis comunidades siguen siendo, según el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, centros vivos de preservación cultural.

De las 102 personas entrevistadas, 81 son mujeres y 21 son hombres. Esa proporción no es casual: el sahumado con copal es, en la práctica cotidiana, una tradición femenina. Las madres lo enseñan a las hijas, las abuelas a los nietos. La extracción, en cambio, es casi exclusivamente masculina; los hombres caminan kilómetros entre los cerros para encontrar los árboles.

Cinco usos, un solo humo

La investigación documentó cinco categorías de uso del copal en las seis localidades. El más frecuente, con 96 menciones, es el uso ritual religioso. Le siguen el ritual de purificación (20), el medicinal (13), el aromatizante (10) y el repelente de mosquitos (5).

El sahumerio acompaña prácticamente todo el calendario católico zoque: Semana Santa, el Día de la Santa Cruz el 3 de mayo, el Corpus Christi en Suchiapa, la fiesta de San Marcos el 25 de abril en Tuxtla, la de San Fernando el 30 de mayo, la de San Juan Bautista el 24 de junio en Ocozocoautla, la bajada de las Vírgenes de Copoya en enero y octubre, la celebración a la Virgen de Guadalupe el 12 de diciembre, la Navidad, el Día de Muertos y los aniversarios luctuosos.

En Suchiapa, durante la festividad del Corpus Christi (que en 2026 se celebra el 4 de junio), el copal acompaña la famosa danza del Calalá, donde danzantes vestidos como tigres, venado, Quetzalcóatl y chamulas recorren las calles entre nubes de humo fragante. En Tuxtla, las familias sahúman alrededor de las tumbas del Panteón Municipal en los primeros días de noviembre. En Berriozábal, San Fernando y Ocozocoautla, el sahumerio del 3 de mayo bendice la siembra y se cuelga junto a las cruces que coronan los edificios en construcción.

Del cerro al altar: cómo se obtiene el copal

Los recolectores de copal viven principalmente en Berriozábal, Tuxtla Gutiérrez y Ocozocoautla. La técnica tradicional, transmitida de generación en generación, se llama “raspado de árboles”. Con un machete, hacen una incisión de entre 40 y 70 centímetros de largo por 20 a 30 de ancho en un solo lado del tronco principal de un árbol robusto. Recogen la cáscara (corteza) y la guardan en costales. Ocho días después, regresan al “copalar” a recolectar la resina que se ha acumulado en el tronco o que cayó al suelo. Repiten el proceso en otra parte del árbol, varias veces, hasta que el ejemplar ya no puede ser descortezado: entonces lo dejan descansar al menos un año para que cicatrice.

Un copalero puede raspar hasta 30 árboles en un solo día. La técnica zoque es más rústica que la del centro de México, donde los copaleros de Morelos hacen incisiones pequeñas pero frecuentes con herramientas especializadas. Aun así, los investigadores de la UNICACH concluyen que esta forma “simple” de manejo ha permitido que las poblaciones de Bursera sigan vivas y productivas en Chiapas.

El estoraque: la marca registrada del sur

En los mercados de Tuxtla, Copoya, Berriozábal, San Fernando, Ocozocoautla y Suchiapa se venden seis presentaciones distintas del copal. La resina pura, en fragmentos pequeños llamados “lágrimas” o “gotas”, es la más cara: los mayoristas la consiguen entre 900 y 1,200 pesos por kilogramo, y la ofrecen al menudeo en “mediditas” de cinco gramos por 20 pesos.

Pero la presentación que distingue a Chiapas del resto del país es el estoraque (también llamado memelita): pequeños discos planos hechos a mano con una mezcla de resina derretida, polvo de cáscara y azúcar. Se venden en bolsitas de cuatro o cinco piezas por diez pesos. Es una elaboración exclusivamente femenina y una forma comercial que no aparece en ningún otro estado del país: en Morelos, Guerrero, Puebla o Michoacán el copal se vende en barras, lingotes o lágrimas, nunca en discos circulares mezclados con azúcar. Es, en palabras del estudio publicado en mayo de 2026 en la revista Botanical Sciences, una “marca” cultural propia del sur.

Octubre es el mes de mayor demanda, impulsado por el Día de San Judas Tadeo (28 de octubre) y el Día de Muertos. Diciembre le sigue en ventas. El resto del año, la demanda se mantiene a un ritmo moderado y constante.

El conocimiento que viaja por las generaciones

Casi todas las personas entrevistadas dijeron haber aprendido el uso del copal por observación directa, principalmente de sus madres, abuelas o tías. Los recolectores aprendieron de sus padres y abuelos. Nadie tomó un curso ni leyó un manual: el conocimiento vive en la práctica vivencial, en el gesto repetido cada mañana.

Pero esa transmisión ya muestra fisuras. “Esta generación ya no muy lo quiere hacer, se les hace más fácil encender esa que viene en varita, pero no huele lo mismo”, lamentó Noemí Hernández, una de las usuarias entrevistadas. Los autores advierten que la intensidad y frecuencia del uso, combinadas con la falta de prácticas de manejo más sofisticadas, debe ser una llamada de atención para la conservación de las especies de Bursera en Chiapas.

Una herencia biocultural única

La investigación cierra con una recomendación clara: las comunidades zoques de la Depresión Central tienen un conocimiento profundo y vivo de los copales que merece dialogar con la academia. La fisiología de los árboles, la bioquímica de las resinas, la fenología de las floraciones son piezas que la universidad puede aportar a un diseño conjunto de estrategias de aprovechamiento sustentable. Lo que las comunidades aportan ya está sobre la mesa: cinco siglos de sahumerio, cuatro especies reconocidas, seis pueblos vivos y un recurso biocultural que, contra todo pronóstico, sigue oliendo a Chiapas.

El trabajo fue realizado por Alejandra Janeth Díaz-López, Marisol Castro-Moreno, Juan Felipe Ruan-Soto e Iván de-la-Cruz-Chacón, del Instituto de Ciencias Biológicas de la UNICACH, con financiamiento del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación de Chiapas (ICTI) y una beca de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI). El estudio fue publicado bajo licencia Creative Commons en la revista Botanical Sciences, volumen 104, número 2.

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