Abusadas y sometidas: así es la vida de las niñas “esposadas” a un matrimonio en México

Ven. Quiero presentarte a Lourdes. Ella ha viajado hasta acá para que conozcas su historia.

Para que ella pueda hablarte con franqueza debemos encontrarnos en un salón privado que nos han reservado dentro de un viejo centro comercial en la frontera con Estados Unidos, donde hablará sin temor a ser vista por un vecino o a llorar sin vergüenza. Siéntate junto a ella y su cabello rojizo, su piel blanca, sus ojos tímidos y sus manerismos de niña ensimismada. Entonces, podrás escuchar lo que tiene que decir:

Me llamo Lourdes, tengo 28 años y estoy casada desde que era muy chiquita. Una niña-esposa. Lo sigo siendo porque, de algún modo, mi crecimiento como persona se detuvo cuando me casé. Lo primero que debes saber es que mi historia es como la de otras mujeres en mi situación: mi familia es un desastre. Mi mamá y mi papá me abandonaron y me adoptó una tía que le dejó mi crianza a mi abuela golpeadora. Yo no sé si tanta pobreza les nubló la vista, pero nadie en casa vio, o quiso ver, que mi tío abusaba sexualmente de mí desde muy pequeña. Crecí buscando cariño y, por eso, me enamoré del primer hombre que me dijo cosas bonitas. Me pidió que me casara con él y acepté sin pensarlo. Creí que era mi boleto para escapar de los maltratos, pues sólo si me convertía en esposa de alguien, mi familia me dejaría abandonar la casa. Pero, ¿quién a los 14 años sabe lo que es el amor y lo puede prometer para siempre? ¿Qué pensaba él, a los 16 años, que me podía ofrecer?

Lourdes, de 28 años, casada a los 14 años, tiende la cama donde duerme con su esposo. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Apenas llevaba unas semanas como esposa cuando supe que estaba embarazada y meses antes de cumplir 15 años, tuve a mi primer hijo. Ahí fue cuando mi vida se congeló: abandoné la escuela, tiré mis sueños de tener un título profesional, le dije adiós a mis amigos y me encerré en mi nueva casa para cumplir con mis “deberes” de señora y madre. Yo era una niña cuidando a una bebé y mis errores enojaban a mi esposo, que en el fondo era tan niño como yo. Ahí entendí que no había escapado de la pobreza ni de los malos tratos: él me retiró las palabras bonitas, los abrazos y la vida de telenovela que soñé. La casa se llenó de reclamos, insultos, apodos. “Te prohibo que vayas a ver a tus amigos”. “Te quedas aquí a limpiar”. “¿A dónde vas tu sola?”. Me da vergüenza, pero mi vida ahora sólo es sacudir, barrer, trapear, cocinar, como si yo no sirviera para otra cosa. Ahora estoy a punto de cumplir 29 y jamás he ido a una discoteca. Nunca he ido de vacaciones. No conozco el mar, no sé lo que es ir a una fiesta y veo desde afuera los restaurantes bonitos de mi ciudad. Veo la tele y fantaseo que tengo muchos amigos o que tengo un trabajo importante. Si ahorita me divorcio, ¿quién me va a contratar? ¿Qué empleo me van a dar? Mis únicos “compañeros” de trabajo, si se pueden llamar así, son la escoba y el trapo. ¿Qué haría si pudiera regresar el tiempo y me encontrara conmigo misma a los 14 años? Me diría: Lourdes, no te cases. Y a las demás niñas les diría: no dejen que las casen. Estudien, prepárense, bailen, tengan amigos. Porque se vive muy mal así. Seguramente hay más vida que esto, pero mientras siga casada creo que seguiré aquí. Por eso sigo siendo una niña-esposa: aunque tengo 28 años, casi 29, en realidad sigo teniendo 14. Como que mi vida se detuvo en seco cuando dije “sí” al matrimonio estando tan chiquita.

Busca en Google.com las palabras “niñas esposas” y en 0.53 segundos tendrás poco más de medio millón de resultados. Encontrarás suficientes textos, fotografías y videos sobre las 15 millones de niñas que cada año se casarán antes de cumplir 18 años en algún lugar del mundo como Yemen, Turquía, Camerún, Pakistán y muchos más países que se sienten tan lejanos como un océano de distancia. Probablemente, en los primeros resultados sobre matrimonio infantil no aparecerá México. Pero debería.

La representante en México de ONU Mujeres, Ana Güezmes, dice que aquí las bodas entre menores de edad y adultos son una “pandemia”: una de cada cinco niñas en México entra en unión conyugal antes de los 18 años. Y ella, que es una defensora de derechos humanos de conversación pausada y palabras cuidadosas, que casi nunca es estridente, en este tema avienta palabras con carga explosiva: dice que eso es una “masiva violación de derechos humanos”, “una práctica nociva”, “una catástrofe nacional y global”.

“Lo que pasa en México es una tragedia silenciosa”, dirá Ana Güezmes. Y se refiere a casos como el de Lourdes y todas esas niñas-esposas en el país a quienes, si quisiéramos juntarlas en un mismo lugar, necesitaríamos construir 80 veces el Estadio Azteca: hay 6.8 millones de mujeres de entre 15 y 54 años que se casaron en antes de cumplir 18 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Niñas que según expertos siguen ciertos parámetros: a los 12 dejaron la escuela; a los 13 quedaron embarazadas de un hombre de 30. A los 14 aprendieron a cambiar un pañal. A los 15 supieron lo que es un marido golpeador. A los 16 conocieron lo que es perder la autonomía de sus vidas. A los 17 tuvieron una enfermedad de transmisión sexual. A los 18 años ya parecen señoras. A los 30 años ya son abuelas que heredaron la pobreza a la tercera generación.

Una de cada cinco niñas en México entra en unión conyugal antes de los 18 años. (Imagen por Eunice Adorno/VICE News)

Y aunque desde 2014, el gobierno de México comenzó a poner en vigor la Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes para prohibir el matrimonio antes de los 18 años de los Códigos Civiles de todos los estados, aún hay 11 entidades donde la ley permite las bodas entre menores y adultos.

En ocho de ellos —Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Nuevo León, Querétaro, Sonora, Tabasco y Tlaxcala— las y los niños y adolescentes se pueden casar gracias a “dispensas”, es decir, excepciones que marca la ley, como contar con el consentimiento de los padres o, incluso, con el beneplácito del presidente municipal. Pero en tres estados —Durango, Chihuahua y Baja California— la ley no marca esas bodas como excepciones, sino como la regla: la edad mínima para casarse es de 16 años, lo que contraviene tratados internacionales en derechos humanos.

Con información de VICE News en español