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En Tuxtla, 80 de 137 primarias públicas no tienen biblioteca escolar

En una primaria pública del poniente de Tuxtla Gutiérrez, una niña de cuarto grado busca un libro de cuentos que no es de texto. Recorre los pasillos, pregunta a su maestra y termina frente a una puerta cerrada con candado. Detrás hay estantes con libros que casi nadie abre. En otras escuelas de la ciudad ni siquiera existe esa puerta.

La escena se repite en buena parte de la capital chiapaneca. Un estudio de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH) documentó que, de 137 primarias públicas de Tuxtla Gutiérrez, 80 no cuentan con biblioteca escolar. La investigación, publicada en la revista Espacio I+D, Innovación más Desarrollo, retrata el abandono de un espacio que la propia Secretaría de Educación Pública (SEP) define como clave para formar lectores.

Casi seis de cada diez escuelas, sin un lugar para leer

Las investigadoras Carlota Amalia Bertoni Unda y Brenda Berenice Zambrano Córdova entrevistaron a 137 directoras y directores entre febrero de 2024 y noviembre de 2025. Partieron de un registro de 164 primarias públicas: 113 de administración federal y 51 estatal. El hallazgo central es contundente. Ochenta planteles carecen por completo de biblioteca, una cifra que equivale a casi seis de cada diez escuelas consultadas.

Seis “caras” de una misma carencia

El diagnóstico no encontró un solo tipo de biblioteca, sino seis configuraciones distintas, según existan espacio físico, acervo, una persona responsable y uso real por parte de alumnos y maestros.

Tipo de biblioteca Escuelas
Ausente (no existe) 80
Imaginada (una caja o un estante que llaman “biblioteca”) 18
Resguardada (cerrada con llave, libros “protegidos”) 13
Desplazada (el espacio se volvió bodega u oficina) 11
Superviviente (vive gracias a maestros y familias) 10
En conflicto (dos turnos se disputan el espacio) 5

Una misma escuela puede caer en más de una categoría. La más común, con diferencia, es la biblioteca ausente.

“Bibliotecas huérfanas”: un abandono con historia

Para nombrar ese desamparo, las autoras proponen el concepto de bibliotecas huérfanas. El origen del problema no es reciente. La SEP impulsó el programa Rincón de Lectura en 1986 y, en 2001, el Programa Nacional de Lectura llevó la colección Libros del Rincón a los niveles de preescolar, primaria y secundaria.

El recorte presupuestal de 2012 y la cancelación definitiva del programa en 2014 dejaron esos acervos sin respaldo institucional. Desde entonces, señala el estudio, muchas bibliotecas sobreviven solo por el empeño de maestros, directivos y padres de familia que donan libros para sostenerlas.

Un termómetro de cómo circula el conocimiento en Tuxtla

El trabajo propone mirar la biblioteca como una “región del saber”: un espacio que revela si el conocimiento se reparte o se restringe en una comunidad. Su función debería ser compensar el capital cultural de los estudiantes con menos recursos. El problema, advierten las investigadoras, no es solo de infraestructura, sino también de políticas públicas, normas ausentes y formación docente en torno a la lectura.

El propio estudio recuerda, con la frase de un bibliotecario citado en la investigación, que llamar biblioteca a una caja de libros equivale a llamar hospital a un botiquín. Iniciativas como la de fomento lector en la comunidad de Tzajalá, donde docentes impulsaron “Kilómetros de Lectura”, muestran que el interés existe cuando hay quien lo sostenga.

La niña del poniente de Tuxtla seguirá buscando su libro de cuentos. Que lo encuentre no depende solo de un estante o de un edificio, concluye el estudio, sino de que la escuela, la SEP y la comunidad vuelvan a poner la lectura en el centro de la vida escolar.

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