Cada 30 de enero, antes de que el sol llegue al borde de la meseta, tres cajones de madera envueltos en petate y flores frescas son sacados de la ermita zoque de Copoya. Adentro viajan, una junto a otra, las tres imágenes más queridas por la comunidad zoque de Tuxtla Gutiérrez: la Virgen de la Candelaria, la Virgen del Rosario y María de Olachea. Atrás camina el grupo de baile —las Suyuetzé, las Yomoetzé, las Napapoketzé—. Adelante, marcando el paso con tambor y carrizo, abren camino los músicos tradicionales. Y entre ellos, casi invisible pero indispensable, una mujer mayor sostiene un brasero humeante: el copal arde en cada paso del recorrido de cinco kilómetros que separa la meseta de Copoya del valle de Tuxtla.

Así inicia la Bajada de las Vírgenes de Copoya, una de las festividades religiosas más prolongadas y singulares del calendario zoque chiapaneco. Dura 53 días, recorre más de 40 hogares de Tuxtla Gutiérrez y junta cinco siglos de devoción popular en cada parada. Y aunque la fiesta es ante todo católica, su corazón es zoque: lo guarda la Mayordomía Zoque de Tuxtla, lo sostienen los priostes y los albaceas elegidos cada año, y lo perfuma —desde el primer paso hasta el último rezo— el humo del copal.

Las Copoyitas: tres imágenes, una sola devoción

Las “Vírgenes de Copoya” o “Copoyitas” son tres advocaciones marianas que conviven en una misma ermita ubicada en la meseta del ejido Copoya, una delegación de Tuxtla Gutiérrez asentada a unos siete kilómetros al sur de la capital. La Virgen de la Candelaria es la imagen central de la fiesta de febrero. La Virgen del Rosario es la patrona de la Mayordomía Zoque de Tuxtla y centro de la celebración de octubre. La tercera, María de Olachea, tiene un origen particular: es en realidad una imagen de Santa Teresa donada en el siglo XIX por la familia Esponda y Olachea, dueña de la hacienda La Valdiviana, al pueblo de Copoya. Con el tiempo, la comunidad la adoptó como una advocación local y la sumó a la tríada.

Esta tradición pública, tal como se conoce hoy, se consolidó durante el siglo XX. En la década de 1930, en plena persecución religiosa, las imágenes fueron escondidas para protegerlas. Cuando la situación se normalizó, la comunidad construyó una ermita y, después, un templo para resguardarlas. Desde entonces, las Copoyitas no han dejado de bajar al valle.

Dos bajadas, un ciclo anual

Las imágenes descienden de Copoya a Tuxtla dos veces por año. La primera bajada ocurre el 30 de enero, en preparación a la fiesta de la Virgen de la Candelaria del 2 de febrero. Las Vírgenes permanecen en la ciudad hasta mediados o finales de marzo —la fecha exacta depende del calendario litúrgico de cada año—, cuando regresan a la ermita en una procesión conocida como la Subida. Durante ese tiempo, las imágenes visitan hogares de los barrios de San Francisco, Niño de Atocha e Hidalgo, donde son recibidas por familias previamente elegidas como priostes.

La segunda bajada es más concentrada en el tiempo: del 14 al 23 de octubre. Se realiza en honor a la Virgen del Rosario, patrona de la Mayordomía Zoque, y cierra el ciclo anual. Diez días intensos en los que los rezos, las visitas a casas, las procesiones por las calles y las ceremonias del barrio se suceden sin pausa. Cuando el 23 de octubre las imágenes regresan a Copoya, la fiesta termina hasta enero del año siguiente.

Entre ambas bajadas, sumadas, las Copoyitas pasan más de 70 días al año fuera de su ermita. Es la fiesta zoque más larga en duración y, posiblemente, una de las más extensas de todo el calendario religioso chiapaneco.

El copal abre el camino

El humo del copal acompaña cada bajada desde el momento mismo en que las imágenes salen de la ermita. Una investigación etnobotánica publicada en mayo de 2026 en la revista científica Botanical Sciences, realizada por un equipo de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) entre 2022 y 2024, documentó por primera vez el papel ritual del copal en las bajadas de Copoya. El estudio describe que las imágenes son recibidas en casas o iglesias de la capital “acompañadas de procesiones, rezos, danzas, ofrendas y quema de copal”.

En la práctica, el sahumerio cumple varias funciones en la festividad. Purifica el aire por donde pasan las Vírgenes. Marca los puntos de descanso del recorrido. Sahúma a quienes salen a saludarlas a las puertas de sus casas. Y sahúma los altares que esperan a las imágenes en los hogares de los priostes. Cada parada del trayecto —y son decenas— se anuncia con una nube de copal que sube entre las flores y el petate.

El copal que arde en las bajadas proviene mayoritariamente de las mismas elaboradoras zoques de Copoya y Suchiapa. Es uno de los pocos productos rituales de Tuxtla cuyo punto de elaboración está, literalmente, en el mismo cerro de donde descienden las imágenes. Las mujeres mayores de Copoya preparan estoraque, las “lágrimas” de resina pura y las cáscaras de copal con semanas de anticipación, sabiendo que la demanda dispara en torno a las dos bajadas.

La Mayordomía Zoque: la estructura que sostiene la fiesta

Detrás de las bajadas hay una organización social compleja que se renueva cada año. La Mayordomía Zoque de Tuxtla Gutiérrez es la institución comunitaria encargada de organizar, financiar y custodiar todo el ciclo ceremonial. Tiene cargos jerarquizados: el presidente de festejos, los albaceas, los priostes, las madres de espera. Cada cargo implica responsabilidades específicas y, en muchos casos, compromisos económicos significativos —de las familias que asumen la mayordomía depende buena parte de los gastos rituales del año—.

Quienes reciben las imágenes en sus casas también tienen un papel ritual definido. Antes de la bajada se realiza la “floreada a los priostes”, una ceremonia en la que se reconocen públicamente las familias que cargarán con el privilegio y la responsabilidad de hospedar a las Vírgenes durante los días siguientes. Esa cadena de responsabilidades se transmite —como ocurre con tantas tradiciones zoques— por línea familiar y comunitaria, sostenida en gran medida por las mujeres mayores que conservan la memoria ritual.

Música, danza y la cocina ritual del pueblo zoque

El sonido de las bajadas es inconfundible: tambor profundo, carrizo agudo, voces que cantan en español y a veces en zoque, palmas que marcan los pasos de las danzantes. Los grupos de baile tradicionales —las Suyuetzé, las Yomoetzé y las Napapoketzé— acompañan a las imágenes a lo largo del recorrido. Sus nombres en zoque, sus vestidos bordados y la sincronía con la música tradicional convierten cada procesión en una manifestación cultural completa.

La gastronomía juega un papel igual de central. En las casas de los priostes que reciben a las Vírgenes se sirven platillos rituales zoques: el wacasís caldú (caldo de res), el nigüijuti (carne de res con mole zoque) y el putzatzé (una chanfaina espesa). El uso de res no es casual: estos platos tienen carácter ceremonial precisamente porque están reservados para celebraciones de mayor envergadura. Comer en una casa que recibe a las Copoyitas es, en sí mismo, un acto de comunión con la festividad.

Una fiesta zoque que recibe a quien quiera entrar

Hay una característica que distingue a la Bajada de las Vírgenes de Copoya del resto de las festividades zoques: es la única que admite explícitamente a “ladinos”, es decir, a personas que no pertenecen a la etnia zoque ni participan formalmente de “el costumbre”. Cualquier persona puede salir a recibir a las Vírgenes a la entrada de su casa, acercarse a sahumar con copal, dejar una flor en la procesión o comer en una de las casas de los priostes si fue invitada.

Esa apertura ha hecho que la fiesta, sin perder su identidad zoque, se haya integrado al imaginario colectivo de toda Tuxtla. Familias mestizas que llevan décadas viviendo en barrios como San Francisco esperan cada enero la primera bajada como una cita propia. Comerciantes del centro de la ciudad montan altares para recibir el paso de las imágenes. Incluso visitantes de otras regiones del país que coinciden con las bajadas se suman a las procesiones. La festividad sigue siendo, en términos estrictos, zoque; pero también es —y esto es lo notable— una de las pocas fiestas indígenas del sureste mexicano cuya inclusión se entiende como parte del rito mismo.

La próxima cita: octubre en Tuxtla

La primera bajada de 2026 se realizó, como cada año, el 30 de enero, y las Vírgenes ya regresaron a la ermita de Copoya en marzo. La próxima cita es del 14 al 23 de octubre, cuando las imágenes desciendan nuevamente para honrar a la Virgen del Rosario. Será, otra vez, una procesión de 5 kilómetros con tambor, danza, comida ritual zoque y un humo de copal que abre el camino. Será, también, el momento en que las elaboradoras de Copoya y Suchiapa volverán a preparar el estoraque y la resina pura sabiendo que las casas de los priostes los necesitan.

Mientras llega octubre, las Copoyitas permanecen en su ermita de Copoya, custodiadas por la comunidad. Allá arriba, en la meseta, el copal sigue ardiendo todos los días en los altares domésticos. Y cada amanecer, alguien levanta el brasero y deja que el humo suba hacia las tres imágenes que, dentro de unos meses, volverán a bajar al valle a recordar a Tuxtla quiénes la fundaron.

La investigación etnobotánica que documentó por primera vez el papel ritual del copal en las bajadas de Copoya fue realizada por Alejandra Janeth Díaz-López, Marisol Castro-Moreno, Juan Felipe Ruan-Soto e Iván de-la-Cruz-Chacón, del Instituto de Ciencias Biológicas de la UNICACH, con financiamiento del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación de Chiapas (ICTI) y una beca de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI). El estudio fue publicado bajo licencia Creative Commons en la revista Botanical Sciences, volumen 104, número 2. La Bajada de las Vírgenes de Copoya forma parte del Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de México de la Secretaría de Cultura federal.

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