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Las guardianas del copal que ya no logran enseñar a sus hijas

TUXTLA GUTIÉRREZ, CHIAPAS.- Blanca Escobar no recuerda un solo día de su infancia en el que su mamá no haya sahumado la casa. “Ella siempre le gustaba sahumar toda la casa porque así le enseñó su abuelita. Se levantaba bien temprano, limpiaba la casa y, a esa hora, iba por carbón y a encender el brasero para ahumar”, cuenta. La escena —bisabuela enseñando a abuela, abuela enseñando a hija, hija enseñando a Blanca— resume cinco siglos de cómo el copal ha viajado por las casas zoques de la Depresión Central de Chiapas: pasando de manos de mujer a manos de mujer, cada amanecer.

Cuando un equipo de investigadoras e investigadores de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH) recorrió seis comunidades zoques entre 2023 y 2024 para documentar quién mantiene viva esta tradición, los números confirmaron lo que cualquier vecina de Tuxtla, Copoya, Berriozábal, San Fernando, Ocozocoautla o Suchiapa sabe sin necesidad de encuesta: el sahumerio es territorio femenino. De las 102 personas entrevistadas, 81 son mujeres y 21 son hombres. Y casi todas ellas heredaron el oficio de sus madres, abuelas o tías.

Una división del trabajo escrita en humo

La etnobotánica zoque del copal está dividida, en la práctica cotidiana, según el género. Las mujeres son quienes sahúman las casas, los altares, las tumbas y los enfermos; las que llevan el sahumerio a las iglesias; las que aprenden las oraciones que acompañan el humo; las que venden el copal en los mercados. Los hombres, en cambio, son quienes caminan kilómetros por los cerros buscando los árboles de Bursera, los que cargan el machete, los que descortezan los troncos y los que regresan ocho días después a recoger la resina endurecida.

De las 81 mujeres entrevistadas, 72 son usuarias del copal y nueve son comerciantes. De los 21 hombres, 11 son usuarios, seis vendedores y cuatro son los únicos extractores documentados por la investigación. Ninguna mujer reportó dedicarse a la recolección. Ninguna pareja invierte los roles. Es, como concluyen los autores, un sistema con una división sexual del trabajo “ancestralmente sostenida”.

El estoraque: la presentación que solo las mujeres saben hacer

Hay una pieza del oficio del copal que no aparece en ningún otro estado de México y que es, dentro del territorio zoque, exclusivamente femenina: el estoraque, también llamado memelita. Son pequeños discos planos de cinco a seis centímetros de diámetro, hechos con una mezcla de resina derretida, polvo fino de cáscara y azúcar de mesa. Se venden en bolsitas de cuatro o cinco piezas por diez pesos en los mercados de Tuxtla, Copoya, Suchiapa y Ocozocoautla, y son la forma comercial más popular del copal en toda la Depresión Central.

La elaboración del estoraque es un proceso largo y exigente. Primero se hierven la resina y la cáscara molida en ollas de barro hasta que la resina flota y la cáscara sedimenta. Se deja reposar una noche entera, se separan las dos fases, se exprime la resina y se vuelve a calentar hasta el punto de fusión. Solo entonces se le incorpora el polvo de cáscara con movimientos continuos de una vara de madera, y la mezcla se va dando forma a mano, con agua a temperatura ambiente, hasta lograr discos uniformes que se dejan secar al sol durante dos días.

En Morelos, Guerrero, Puebla o Michoacán el copal se vende en barras, lingotes o lágrimas. En ningún lado, salvo en las cocinas zoques de Chiapas, alguien convierte la resina y el azúcar en discos circulares. Es, en sentido estricto, una receta femenina del sur de México que sobrevive porque cada generación de mujeres la sigue enseñando a la siguiente.

La cadena que sí funciona

Isabel Tondopó describe el oficio como un hábito que ni siquiera necesita instrucción explícita: se aprende mirando. “Como mi hermanito vio siempre que mi abuelita lo hacía, él lo hace. Mis hijas también sahúman porque les gusta, lo vieron de su abuelita, porque mi suegra sahumaba mucho también”, cuenta. En su casa, cuatro generaciones —su suegra, ella, sus hijas y sus nietos— participan del mismo gesto matinal.

La transmisión, además de ser femenina, es vivencial. La investigación encontró que casi nadie aprendió por palabras: aprendieron por observación, repitiendo los movimientos que vieron desde la infancia. En las seis comunidades estudiadas, las jefas de familia —madres, abuelas, tías— concentran la enseñanza. Los autores las describen como “las principales guardianas de las prácticas y creencias asociadas a este recurso”. Es una expresión que repiten varios estudios mexicanos: en distintas culturas indígenas del país, son las mujeres quienes acumulan y comparten el conocimiento botánico ligado a la salud, la alimentación y la espiritualidad doméstica.

Cuando la varita reemplaza al sahumerio

El conocimiento, sin embargo, no se transmite solo. Noemí Hernández, otra de las usuarias entrevistadas en el estudio, lo explica con la franqueza de quien ya vio las grietas: “Esta generación ya no muy lo quiere hacer, se les hace más fácil encender esa que viene en varita, pero no huele lo mismo. Por eso yo les digo a mis hijos que, aunque sea a lo lejos, lo hagan”. La varita —los conos y las barritas industriales de incienso que se venden empaquetados en los supermercados— le ahorra a la nueva generación las brasas, el carbón, el polvo de cáscara, el tiempo. Pero también la oración silenciosa, el olor amaderado, la disciplina del amanecer.

El estudio advierte que la intensidad y la frecuencia del uso del copal en Chiapas, combinadas con la falta de prácticas de manejo más sofisticadas, son un llamado de atención para la conservación de las especies de Bursera. Pero hay una segunda forma de pérdida, menos visible que la ambiental, que también preocupa a las personas mayores entrevistadas: la posibilidad de que el oficio, aunque los árboles sobrevivan, se quede sin nadie que sepa hacerlo.

Lo que sostiene una mujer cuando sahúma

Quienes siguen sahumando, sin embargo, son mayoría. Y describen la práctica menos como una obligación cultural y más como un acto íntimo. Sahúman cuando alguien muere, sahúman cuando alguien enferma, sahúman cuando se acerca el aniversario luctuoso de un padre, sahúman antes de empezar a rezar, sahúman para limpiar la casa de “lo malo que hubiera”. Algunas lo hacen una vez al día. Otras, cada quince días. Otras, solo cuando lo sienten necesario.

La práctica conserva, en cada brasa, una doble herencia: la de los rituales mesoamericanos donde el humo del copal se ofrecía a deidades como Iztacteteo, y la del catolicismo que llegó con la colonización europea y adoptó el sahumerio para sus propias festividades. Las mujeres zoques de la Depresión Central son, sin proponérselo, las custodias vivas de ese sincretismo. Cada vez que una de ellas enciende el carbón antes del amanecer, mantiene en pie un puente de cinco siglos.

Isabel Tondopó lo resume sin solemnidad, casi como un gesto doméstico más: sus hijas ya sahúman porque la vieron a ella, y ella sahuma porque vio a su suegra, y su suegra sahumaba porque vio a su madre. El conocimiento, mientras siga habiendo una mujer dispuesta a levantarse temprano, viaja.

La investigación fue realizada por Alejandra Janeth Díaz-López, Marisol Castro-Moreno, Juan Felipe Ruan-Soto e Iván de-la-Cruz-Chacón, del Instituto de Ciencias Biológicas de la UNICACH, con financiamiento del Instituto de Ciencias, Tecnología e Innovación de Chiapas (ICTI) y una beca de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI). El estudio fue publicado bajo licencia Creative Commons en la revista Botanical Sciences, volumen 104, número 2.

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