
Hay una manera de medir la pobreza que va más allá de contar cuántas personas la padecen: medir qué tan honda es. No es lo mismo una familia a la que le falta una cosa que otra a la que le faltan cinco al mismo tiempo —comida, salud, escuela, techo digno, seguridad social—. Esa segunda medida, la de la profundidad, es la que cuenta la historia más dura de Chiapas. Y durante el último sexenio, en lugar de aliviarse, se agravó.
El dato resume seis años de política social en una sola línea ascendente. El índice de intensidad de la pobreza en Chiapas pasó de 1.86 en 2018 a 2.23 en 2024, de acuerdo con el análisis construido sobre las cifras de pobreza multidimensional del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Cualquier valor por encima de 1 indica que la privación se está intensificando. Chiapas no solo está por encima: subió.
La pobreza extrema, más honda que nunca
El golpe más fuerte está en la pobreza extrema. Ahí el índice de intensidad saltó de 4.35 a 5.08 en el mismo periodo. Traducido: entre quienes ya estaban peor, la situación se volvió todavía más severa. Para 2024, Chiapas concentraba por sí solo el 22.9% de toda la pobreza extrema del país. Dicho de otro modo, por cada cinco personas en pobreza extrema en México, poco más de una vive en Chiapas.
Esto ocurrió bajo un gobierno cuyo lema fundacional fue «Por el bien de todos, primero los pobres». La distancia entre esa promesa y este resultado es, precisamente, lo que el análisis pone sobre la mesa: no hubo retroceso en el número absoluto, pero sí un empeoramiento relativo de quienes se quedaron dentro de la pobreza.
El millón que se fue
Hay otra cifra que ayuda a entender la herida. Chiapas fue uno de los estados que más población expulsó en las últimas décadas. Entre 2000 y 2020, el saldo migratorio neto del estado sumó la salida de más de un millón de personas: 1 millón 68 mil 874 residentes que se fueron en busca de lo que su tierra no les daba. La pregunta que deja el estudio es incómoda y necesaria: ¿qué nivel de pobreza tendría hoy Chiapas si esas personas no hubieran tenido que irse?
La migración funciona aquí como una válvula de escape que oculta el tamaño real del problema. Quien se va deja de contar en las estadísticas locales de desempleo y pobreza, pero su salida no resuelve nada de fondo: solo traslada el costo a otra parte y vacía al estado de su gente más joven y dispuesta a trabajar.
Lo que propone el estudio
Frente a este panorama, la conclusión de los investigadores es clara y se conecta con todo lo visto en esta serie. El camino para Chiapas no pasa por más transferencias, sino por inversión productiva —pública, privada o mixta— capaz de generar empleo que absorba a la población hoy marginada. Sin esa base, advierten, las brechas no solo seguirán abiertas: se harán más anchas.
Es la idea que ha cruzado las tres entregas y que conviene fijar como aprendizaje, no como reproche: el asistencialismo da alivio temporal, pero sin inversión productiva las brechas se profundizan. Chiapas lo demostró durante seis años, con números, en la dirección equivocada.
La pobreza del estado no se resolverá en un sexenio ni con un solo programa. Pero los datos dejan una lección que ningún discurso puede tapar: mientras la economía chiapaneca no produzca riqueza por sí misma y trabajo que proteja, cada apoyo que llegue seguirá siendo un parche sobre una herida que, debajo, sigue creciendo.









