
El pueblo teraleño rindió culto a la Santa Cruz con procesiones, adornos florales y comida compartida en comunidad.
Desde muy temprano en Terán, los rezos, cohetes y peregrinaciones marcaron el inicio de una de las celebraciones más arraigadas en el municipio: el día de la Santa Cruz. Familias completas caminaron con ofrendas en mano, veladoras y promesas cumplidas mientras el templo se fue llenando con un flujo constante de creyentes que participaban en una tradición que permanece viva de generación en generación.
Días previos a la festividad, los llamados “hojeros” prepararon el espacio sagrado. Entraron al templo cargando la hoja de espadaña, con la que adornaron la santa cruz, símbolo que representa tanto la fe como la identidad cultural del pueblo teraleño. Este trabajo previo es parte fundamental de los preparativos que dan forma a la celebración.
Al mediodía, el aroma de la cocina tradicional invadió el ambiente. En grandes ollas comenzó a servirse el caldo de res, platillo preparado específicamente para compartir durante la festividad. En Terán, la celebración religiosa trasciende el espacio sagrado y se extiende a la mesa comunitaria, donde el gesto de dar sin esperar nada a cambio refuerza los lazos entre vecinos.
Para los chiapanecos, especialmente en municipios como Terán, estas festividades religiosas representan la continuidad de prácticas ancestrales que han definido la identidad cultural de las comunidades durante siglos. La celebración de la Santa Cruz es una de las más importantes en el calendario festivo local, donde se entrelazan la fe católica con elementos de la cosmovisión indígena.
La participación masiva en procesiones, la decoración ritual de símbolos religiosos y la preparación de alimentos tradicionales son elementos que han permanecido constantes en Terán. Estos componentes conforman un tejido social que refuerza la cohesión comunitaria y transmite valores culturales a las nuevas generaciones.
La celebración de la Santa Cruz en Terán continuó avanzando entre música, rezos y convivencia. Algunos llegaron por devoción personal, otros por costumbre familiar, pero todos convergieron en mantener viva una tradición que ha resistido el paso del tiempo y sigue siendo expresión viva de la fe y la identidad teraleña.









