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“Chocolate” Monzón y el día que el pitazo final fue a balazos

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Hace algunas semanas visité al célebre huacalero “Chocolate” Monzón en su club ubicado frente al “Criminal”: los que ya somos de cierta edad reconocimos así la antigua cárcel de la ciudad, inaugurada por el Presidente Sóstenes Ruiz durante su gestión. Siendo el “Chocolate” un destacado futbolista en la historia de la ciudad, en lo más animado de la tertulia le pregunto alguna anécdota curiosa acerca del fútbol,  -claro que sí Polo, y ocurrió justo acá… acá a la vuelta en el Campo Córdova- me responde.

Sin mayores preámbulos estupefacto escucho al “Chocolate”, que comentó que a mediados de los sesenta, en un partido donde jugaron mi papá y mis tíos Ulises y Juan, mi papá y mi tío Juan Constantino estaban alineados en un equipo, y mi tío Ulises “Lichi” en el contrario; en lo intenso de las jugadas, una aproximación peligrosa entre mis tíos por la disputa del balón ocasionó lesiones y ello resultó en una pelea a golpes entre los dos, mi padre al ver la escena “entra al quite” para liarse a puñetazos contra su hermano “Lichi”para defender a mi tío Juan. Así de emocionantes resultaban esos partidos que despertaban tales pasiones deportivas.

Algunos años después en los setentas, ya habiendo nacido yo y mis hermanos, era una costumbre de la familia acompañar a mi padre a los encuentros de fútbol dominicales organizados por mi tío Juan contra equipos ubicados en algún ejido o comunidad cercana a Tapachula, para nosotros los primos Constantino mientras ellos jugaban, los García y las Rudamas nos divertíamos en las cercanías del campo, bajo el estricto escrutinio de nuestras madres para evitar estar fuera de su vista.

En uno de esos paseos durante un partido que se realizó cerca de Escuintla, éste se desarrolló de forma emocionante, y durante todo el tiempo el equipo visitante (de mi papá y la familia) dominó las jugadas y aventajó en goles al local a lo largo de los dos tiempos, aquellos enojados al ver que ya era imposible modificar el marcador con ventaja para ellos, convencieron al árbitro para que no pitara el fin del partido; al pasar los minutos y ver que los ánimos eran cada vez más intensos con jugadas agresivas de los locales hacia los visitantes, y advertirse que varios asistentes del pueblo estaban cada vez más enardecidos, donde el árbitro era simplemente un objeto decorativo al no dar por terminado el encuentro que hacía ya bastantes minutos debío concluir, mi padre le dice a mi mamá -sube a los chamacos a la pickup, ya nos vamos-, y una vez todos arriba, mi papá saca de la guantera su pistola, que siempre llevaba consigo en el auto, y dirigiéndose al campo entra a media cancha disparando al aire y diciendo: -éste fue el pitazo final del partido, fuera de la cancha todos-; la gente de la comunidad y los jugadores huyeron despavoridos de la cancha, y mi padre y los demás jugadores del equipo abordaron sus respectivos autos.

Como era la costumbre cada domingo, el final de cada encuentro terminaba en una alegre convivencia en algún río cercano donde todos los jugadores del equipo y sus familias disfrutaban de la comida, bebida y risas; y ese domingo en especial tal paseo no fue la excepción, donde mis hermanos y mis primas terminamos la tarde del domingo en un chapuzón.

Leopoldo Constantino García.- Cronista de la ciudad de Tapachula, es Contador Público y Maestro en Administración, imparte cátedra en Universidades de dicha ciudad y escribe artículos relacionados con Administración y temas afines para plataformas digitales

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