Morir en tiempos del COVID-19 es morir dos veces, es la muerte del cuerpo y la de los rituales. Y es dejar abierta la herida, el duelo, el no despedirse.

El ataúd de medio lado empieza a entrar en la fosa del panteón de aquel ejido. Va pandeándose por el esfuerzo que emprenden cuatro hombres envueltos en overol de aislamiento de la cabeza a los pies, hasta dejar caerlo.

La noche suma tristeza a la escena. Además está aquella pequeña cruz blanca que se sostiene por el banco de tierra, producto de la excavación en ese panteón que hasta hace poco era un predio ejidal.

A dos manos los hombres sostienen los lazos para descender la caja y una voz al fondo recomienda dejar ir el cuerpo con todo y lazos. La recomendación es bien recibida. A la señal con la mano derecha de uno de ellos, los trabajos de la máquina empiezan: la tierra cae con brusca maniobra.

No hay dolientes, no hay rezos, no hay llantos. Al menos no en este lugar envuelto en la noche.

Es un entierro distinto. Un acta de defunción hace la diferencia. En ella queda anotado la causa de muerte: COVID-19.

El espectador cuenta que lo que vivió no lo puede creer. Le invadió el temor. Al principio, pensó que  sería presenciar un acto con compromiso laboral solamente. Ahora estaba envuelto por el misterio y el miedo.

No hubo familiares. En su lugar presenciaron el último adiós empleados de la Policía Municipal, personal médico de la jurisdicción sanitaria y Protección Civil, para verificar que todo se hiciera de acuerdo al protocolo, uno nuevo que vino a romper usos y costumbres.

La familia no pudo entrar. Deben estar aislados y, aunque querían realizar el velorio en casa para ofrecer la cristiana sepultura, la autoridad fue dura y tajante: ¡no!

Para aliviar el susto, el espectador de aquel hecho terminó tomando en la madrugada. Todavía había venta de alcohol y todavía la vida en aquel lugar se desarrollaba normalmente. Después de esa muerte ya no. Al siguiente día empezó la agonía de los negocios y el luto inundó las calles.

El adiós

Vagar por Chiapas es toparse con un amplio abanico de usos y costumbres, algunos para bien y otros no tanto.

A la muerte, a la dolorosa muerte, le envuelve una capa de simbolismos que son extendidos de generación en generación.

Morirse en El Romerillo, Chamula, por ejemplo, significa que la velación del difunto será sobre la puerta de la casa donde vivía quien ya goza del descanso eterno, mientras espera que traigan el ataúd de la cabecera municipal. Significa además, que luego de enterrado en aquel bello cerro rematado por decenas de cruces, una por cada paraje del lugar, sobre la tierra deberán quedar la puerta, las flores del velorio y la respectiva Coca-Cola.

En contraste, un ritual de velación en la colonia San Francisco, en Tuxtla Gutiérrez, está acechado por los “no”: no debes dejar las flores donde se veló al difunto, no debes cambiarte de ropa durante la vela, no debes levantar la cruz de flores en nueve días, no debes velar en compañía de retratos de la familia y del difunto… todo es no. A ello se le suma el tapar la calle en la colonia, montar carpas, organizar el rezo, acompañar la caja de las cuatro velas que si se agotan de forma pareja indican que ya era su hora…

Lo que vio el espectador fue totalmente distinto: en lugar de familia había personal para verificar las condiciones del entierro, el llanto se sustituyó por las groserías con que acompañaban las instrucciones del manejo del cuerpo y la música de la marimba o el mariachi por el rechinido de la excavadora que dejaba caer la tierra en la fosa.

“Es feo morir de COVID”, remata con tristeza.

Todo fue rápido, pero no tanto

A las 10:00 de la noche estaba ingresando el cuerpo a aquel cementerio, un entierro en plena noche, como quizá nunca se había visto, o al menos no de manera legal.

La pandemia por el COVID-19 vino a cambiar las formas, porque si te mueres este día temprano mañana te entierran a primera hora; si es en la tarde, al otro día cumpliendo 24 horas, incluso 48 horas después como marca el 348 de la Ley General de Salud.

En este deceso todo fue rápido, a las 10:00 de la mañana murió y a las 10:00 de la noche el sepelio.

Fue precipitado pero no tanto, porque los lineamientos de manejo generales y masivos de cadáveres por COVID-19 en México estipulan que no debe pasar cuatro horas entre muerte y entierro o cremación.

El espectador manifestaba su temor porque el difunto fue enterrado y en los medios han dicho que debe cremarse, pero aunque ambas formas son permitidas, para la inhumación el cuerpo debe ir dentro de una bolsa y la bolsa al ataúd.

El protocolo de entierro a personas que murieron de COVID-19 es tajante al decir que los deudos deberán mantener distanciamiento social al menos 14 días, acción que las autoridades que intervinieron dejaron en claro y que por tanto impidieron un ritual en casa como era el deseo de la familia.

Luego de los trabajos de la máquina y de las autoridades, todos fueron enviados a sus casas a quitarse la ropa y lavarla, a limpiar zapatos y bañarse muy bien. El espectador agrega que se desinfectó además con alcohol gel.

Al siguiente día, en el lugar donde poco se creía del virus que azota al mundo, una comitiva pasó a desinfectar en diversos puntos ya desolados, entre el cuchicheo de quienes buscan quién fue el muerto.

El investigador Carlos Navarrete propone que la leyenda tuxtleca del carretón de San Pascualito, cuyos chirridos escucha quien está próximo a morir,  es un recuerdo de las carretas que levantaban los cadáveres de las víctimas de cólera morbus, que varias ocasiones golpeó a la población de Chiapas durante el siglo XIX.  Nuevas leyendas, costumbres y rituales acompañarán las ceremonias mortuorias en el futuro. Algunas de ellas se deberán al coronavirus que ya marcó indeleblemente el año 2020.

El duelo

¡Qué difícil! La familia en Chiapas arraigada a sus tradiciones debe amortiguar el vacío entre la enfermedad y la muerte, ese lapso de despedida que el COVID-19 impide. Claro, no solo la familia tradicional, ¡todos!

Las formas cambian. “Poder despedirnos. Rituales alternativos que puede ayudarnos en el duelo en tiempo de confinamiento”, es una guía creada por el Centro de Recursos en Salud Mental y Derechos Humanos, Sirlai y La Merded Migraciones, que generó recomendaciones para estos momentos difíciles.

“El confinamiento nos arrebata los rituales convencionales, pero tenemos rituales alternativos que nos pueden ayudar, desde lo personal, hasta la vivencia colectiva”.

En Chiapas, por ejemplo, los posteriores nueve días en que se acostumbra el rezo o las misas a las 7:00 de la tarde, que concluye con la ida al panteón para llevar las flores, queda eliminado. Los 40 días que también lleva consigo una novena, posiblemente también descartado por la extensión de las medidas de sana distancia.

Por eso, la guía propone de forma individual expresar a la persona ausente por medio de la escritura, pintura, fotografía o música para decir lo que se desea al fallecido, tenerla presente o soltar las emociones.

Sugiere también escribir una carta, colorear mandalas que es de más arraigo en algunas culturas, realizar un cuaderno de ausencia con fotos y recuerdos o bien hacer actividades de forma masiva, aprovechando el whatsapp realizar una despedida en grupo, un reconocimiento comunitario desde las casas con los vecinos desde balcones o ventanas o reuniones en casa o con conexión online que permita conectar y expresar.

Oxlajuj Q´anil, otra organización, propone caminar o estar en sitios que recuerden a la persona ausente, construir un rincón del recuerdo o un altar, elegir un fragmento de canción o un texto que sirva de conexión, como un puente; conversar con quien se fue, llorarle, reír o expresar cualquier emoción que deje fluir el corazón; escuchar el silencio, para adoptar la presencia espiritual; ofrendar es el siguiente paso, en el rincón o el altar, dejar algo significativo y por último, respirar, antes de orar o meditar.

Alcanzar la paz, volver a la raíz, es la meta. En tanto, el proceso de duelo, diferente por la contingencia, será un camino difícil pero del cual el humano es capaz de reponerse.

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