No busca sino estabilidad económica y emocional, José Amílcar está en Arriaga, sin dinero, sin comunicarse con su familia, pero con muchas esperanzas de reencontrarse con su madre en EU

Arriaga.- A José Amílcar le acompañan a su paso por Chiapas una camisa gris manga corta, un pantalón de mezclilla con manchas que comprueban que ha andado, un montón de sueños para llegar con su mamá a Estados Unidos y lágrimas que le recuerdan a su hijo, su mujer y su abuela que tuvo que dejar para buscar una vida digna.

Tiene apenas 25 años pero la vida parece que le ha cargado otros 10 en experiencias. Aguardaba afuera de la Casa del Migrante “Hogar de la Misericordia” de Arriaga, tras un mes de haber salido de su país busca descansar. Su rostro lo pide.

Ahí se quedará un día, como lo establecen las reglas del albergue, para luego continuar su travesía al norte de México.

Ni su abuela ni su esposa y menos su madre, ella en Virginia, saben cómo lo trata la vida, pero no es porque así lo deseen sino porque José Amílcar no puede comunicarse con ellas, no tiene celular ni dinero. Salió con más sueños que efectivo, mil lempiras, 778 pesos mexicanos, que se esfumaron cuando llegó a Guatemala.

A partir de ahí sus penas se incrementaron: ya no sólo era extrañar a la familia, ahora también era padecer hambre, sufrir discriminación, aguantar el cansancio del caminar, soportar los nervios por no ser detectado por migración y desafiar los peligros, como el que corrió al caer en un fango de lodo.

Dentro de sus pesares no todo ha sido malo, ha hallado a gente de buena voluntad que con comida, monedas o aventones, han hecho un poco más ligera su travesía.

“Tengo fe en que voy a salir adelante”, suelta mientras los ojos se le vuelven pantanosos, sus manos no dejan de entrelazarse, José Amílcar tiene esperanzas, que traduce en mensaje a los presidentes de Estados Unidos y México ante el endurecimiento de la política migratoria:

“No sean crueles, porque uno en este camino sufre, si pudieran darle un chance a uno para poder transitar libremente a Estados Unidos. No es deber de ellos, pero uno aporta bastante al país de ellos cuando uno llega, porque va a trabajar sus tierras ”.

José Amílcar es uno de los miles de millones de migrantes que viajan solos con destino a un sueño no llamado Estados Unidos, sino trabajo, estabilidad para él, su esposa, su hijo y su abuela; es uno de los que está padeciendo la pobreza de su país, pero también de las políticas antimigrantes.

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