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Los recuerdos del olvido

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Raul Vera

La sombra fracturada.

Don Agenor Gamboa, mira incrédulo lo que fue su casa por más de 25 años. El recuerdo acompaña su plática cuando sus ojos revisan las paredes desnudas que días atrás cobijaban el adobe que con el que la construyó su primer dueño. Sus ojos se humedecen cuando se posan en un tejado que ahora deja pasar las inclemencias de la naturaleza; las tejas participaron en una danza arrítmica y cansadas se desmadejaron donde la gravedad les permitió, dejando al descubierto la madera que las sostenían.

La noche del 7 de septiembre, la madera y el adobe se doblegaron ante la sacudida de la tierra. Esas casas de corazón de arcilla, que un día se soñaron de concreto en las aspiraciones de sus dueños, fueron debilitándose en el sueño de prosperidad. La paja seca, los horcones, las vigas y polines se llenaron de polilla y los amarres terminaron por aflojar lo que ya estaba suelto en el olvido.

La hija y el yerno de don Agenor, con los ahorros de siete años de trabajo, construyeron lo que habría sido la ilusión de su padre: Una casa de concreto, que resultó quimérica, la arcilla roja del ejido Lázaro Cárdenas no distingue materiales y hambrienta devoró dos de los seis metros.

Con la voz quebrada, don Agenor rememora:

–Trabajaba en un rancho, labrando la tierra, después manejando el tractor, ganaba muy poco en ese tiempo, me costó muchos años juntar el dinero para poder comprar esta casa y el terreno, ahora no sé que voy hacer, tratar de ver si puedo conseguir algo, con el gobierno o vamos a ver, sino vamos a tener que seguir luchando como siempre..

La atmósfera de desconsuelo en las mujeres y hombres mayores se respira densa, saben que la fuerza ya no es suficiente para volver a emplearse, ahorrar y empezar desde abajo. La casa, su protección, sus esfuerzos materializados se hacen polvo y con ello la seguridad de tener un lecho donde vivir en paz sus últimos años.

El agua salobre de las lagrimas recorre el rostro de doña Lilia Escobar, le humedece un rostro curtido por el sol. En medio del olor a pescado, su pequeña sombra luce cuarteada, no aguantó la sacudida. –acá estábamos con mi esposo, él ya no puede trabajar, esta incapacitado, sufre Parkinson.

En el piso de la sala se dibuja una fractura que camina hasta lo que fuera el corredor en donde salían a tomar el fresco. La arena sepultada de cemento reclama la humedad y los rayos del sol; esa arena en la que otrora crecían cocoteros que daban agua salobre, no dulce.

Doña Lilia lamenta también los daños de la pesquería Paredón, que como muchas de las viviendas de la zona, se fundó sobre un arenal. Fue creciendo poco a poco, primero fueron champas con techo de palma, después llegó el adobe y la teja de barro, de las cuales sobreviven algunas; por último la prosperidad económica permitió a sus habitantes construir con materiales como el tabique, cemento y varilla, pero las limitantes económicas definieron la resistencia de las casas, que en muchos casos emplearon armex y cimientos poco profundos.

Unos días después del terremoto la realidad fue haciéndose presente, pasado de shock pudieron llorar la sombra perdida, se lamieron las heridas y se dolieron de los vecinos que partieron sin despedida.

A mas de 15 días del sismo que nos sacudió, la demolición de casas en mal estado es la imagen visual presente en nuestros pueblos. Resignación es una palabra que encierra el sentimiento de los paisanos que perdieron su techo, la esperanza aun está presente. Aquellos que tienen un poco más de recursos han iniciado el levantamiento o reforzamiento de sus viviendas, pero los que no los tienen esperan que el gobierno federal, cumpla con los compromisos anunciados.

Los recuerdos del olvido

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