
Por Ángeles Mariscal
Carla Pérez Cánovas, de la Colectiva Malacate, en San Cristóbal de Las Casas, habla del debate sobre las colaboraciones entre marcas comerciales y artesanas de pueblos originarios, del choque entre los tiempos del mercado y los de la comunidad, y de los vacíos de la ley contra la apropiación cultural.
Una colaboración señalada como injusta entre una marca de ropa que bordo playeras para el Mundial de Futbol, un grupo de artesanas reavivó un debate viejo en Chiapas: ¿en qué términos deben relacionarse las marcas comerciales con quienes elaboran el arte textil de los pueblos originarios? En la región Altos, varias organizaciones trabajan para cambiar las reglas de esa relación.
Carla Pérez Cánovas forma parte de la Colectiva Malacate, con sede en San Cristóbal de Las Casas. Desde ahí acompaña a artesanas y artesanos que, dice, no piden un buen precio ni caridad: piden ser reconocidos como pares y como custodios de un conocimiento. México cuenta desde 2022 con la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 17 de enero de ese año para frenar la apropiación cultural; pero, advierte, esa ley todavía no llega a las comunidades.
En esta conversación, Pérez Canuas explica el choque entre dos maneras de entender una misma pieza —la del mercado y la de la comunidad—, las propuestas que nacen desde los territorios y lo que, a su juicio, le corresponde hacer al Estado.
Capitalismo vs Comunidad
—En el debate sobre las colaboraciones entre marcas y artesanas, ¿en qué términos justos podrían relacionarse?
Pienso que, en primer lugar, es necesario reconocer los conocimientos de las custodias y custodios de los pueblos originarios (artesanas y artesanos). Reconocer esos saberes, porque muchas veces las marcas, las transnacionales o las personas no reconocen a las y los artesanos como pares.
—¿Qué está en juego para una marca y qué está en juego para una artesana cuando se produce una pieza?
Son contextos muy distintos. En la parte comercial hay una visión desde el capital, donde la producción se mide en términos de eficiencia, de productividad, de tiempos cortos. Eso invisibiliza el contexto de la vida cotidiana: para las y los maestros artesanos, elaborar una pieza convive con las responsabilidades de la vida diaria, con muchas otras actividades que hay que atender.
Desde los territorios la visión es distinta, porque en cada pieza se plasma la historia de la comunidad y de la persona que la hace, una historia atravesada por las situaciones complejas que hoy viven las comunidades. Por eso producir una pieza no es solo un intercambio económico: es un intercambio donde se comparte parte de la cultura, del sentir y de la historia.
Producir una pieza no es solo un intercambio económico: se comparte parte de la cultura, el sentir y la historia de quien la hace.
—Esa cultura, ese sentir y esa historia, ¿cuánto valen en el mercado capitalista?
Honestamente, en estos tiempos siento que no tienen el valor que deberían tener. Desde el comercio capitalista se ve a las personas y a su trabajo como mercancía, y ese valor se mide desde la utilidad y la funcionalidad, pero no desde lo humano: desde el significado que tiene la pieza y los procesos que hay detrás de lo que se adquiere. Ahí está una diferencia importante, entre quien valora sus conocimientos y su historia y quien los valora en pesos y centavos, o en dólares.
Propuestas que nacen desde las comunidades
—¿Qué propuestas existen para un trato en otros términos, no estrictamente económicos?
En la región Altos varias organizaciones trabajamos para transformar relaciones que no son simétricas ni, muchas veces, de respeto y reconocimiento. Y esas propuestas vienen desde las comunidades, desde las voces de las compañeras y los compañeros, que nos hacen ver cómo piensan, desde sus cosmovisiones, la manera adecuada de relacionarse con otras personas.
Las propuestas son entablar relaciones de respeto; reconocer los conocimientos y saberes de los pueblos originarios y el valor del trabajo artesanal; y respetar los tiempos comunitarios, que son distintos de los tiempos capitalistas de producción. También está el reconocimiento entre culturas: todas las culturas y los conocimientos son valiosos, pero existe el problema de no reconocer de la misma manera los de los pueblos originarios. Son algunas propuestas, no todas.
—¿Qué más proponen?
Que las personas que desean entablar relaciones —no solo comerciales, sino de colaboración con las y los compañeros— puedan profundizar en el contexto comunitario: conocer la historia de las compañeras y los compañeros, la historia de las comunidades, la cultura, los códigos culturales. Todo lo que implica trabajar en contextos comunitarios. Se trata de situarse en el contexto para poder comprenderse, y para que exista un reconocimiento mutuo.
—¿En un sistema capitalista las relaciones son siempre desiguales?
Creo que todos estamos inmersos en este sistema, pero me parece que no siempre las relaciones son desiguales. Es el modelo capitalista el que nos lleva a estar resistiendo de manera insistente, viviendo y buscando las maneras de construir relaciones donde podamos tener una vida digna. No siempre existen relaciones asimétricas; más bien, dentro de este modelo somos muchas las personas, y en los pueblos originarios hay una resistencia para transformar las relaciones y sostener la vida.
Una ley que todavía no se conoce
—México fue de los primeros países de América Latina en legislar contra la apropiación cultural. ¿Qué papel le toca al Estado?
La ley de protección es importante, pero todavía tiene algunos vacíos. Hace falta socializarla en el contexto de los pueblos originarios, y hacerlo contextualizándola: a través de las lenguas originarias de los pueblos. Además, que se haga realidad una ley general de consulta, donde quede claro para las custodias y los custodios de qué manera proceder en los casos que lo requieran, con procedimientos más claros para ellas y ellos.
La ley está, pero no se conoce a profundidad en las comunidades. Hay muchas personas que ni siquiera saben que existe, y entre quienes lo saben hay vacíos sobre cómo aplicarla. Por ecanso serviría mucho socializarla y trabajar al lado de las y los custodios en su fortalecimiento y en su aplicación. Pero, sobre todo, el Estado tiene que escuchar la voz de las compañeras y los compañeros desde sus territorios, y tomar en cuenta las propuestas que tienen desde sus distintos contextos.
Para Pérez Cánovas, todo regresa al punto de partida: una pieza tejida en los Altos no es una mercancía con un precio, sino la historia de una comunidad puesta en hilos. Reconocerlo, dice, es lo primero que el mercado —y también el Estado— tienen todavía pendiente.
La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) ha elaborado el documento titulado “Proyecto de pasos que hay que tener en cuenta al considerar el uso de elementos de las expresiones culturales tradicionales de los Pueblos Indígenas”. El objetivo de este marco es evitar la apropiación indebida y fomentar colaboraciones éticas.











