En un paraje de la Sierra, cerca de Motozintla, una abuela le habla a su nieto en mocho’ mientras desgrana maíz. El niño entiende, sonríe, pero responde en español. La escena se repite en decenas de cocinas de humo de la frontera con Guatemala y encierra un drama silencioso: cuando esa abuela falte, su lengua se acercará un paso más al silencio. A los hablantes plenos de mocho’ ya casi se les puede contar con los dedos.

Chiapas presume ser uno de los estados con mayor riqueza lingüística de México. Según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, aquí viven 1 millón 459 mil 648 personas que hablan alguna lengua indígena. Sin embargo, detrás de ese número conviven dos realidades opuestas: lenguas con cientos de miles de voces y otras que agonizan. De los doce grupos lingüísticos que el estado reconoce, al menos cuatro están catalogados en riesgo de desaparición, y un programa estatal busca evitar que se apaguen.

Un gigante lingüístico

La fuerza del idioma originario en Chiapas se concentra en dos lenguas mayenses. El tseltal es la más hablada y el tsotsil la sigue de cerca; juntas suman más de un millón de hablantes. Detrás vienen el ch’ol, el tojolabal y el zoque. El peso cultural es tan profundo que el 27.2% de la población de habla indígena en el estado no habla español, de acuerdo con el propio INEGI.

Lengua Hablantes de 3 años y más (2020)
Tseltal 562,120
Tsotsil 531,662
Ch’ol 210,771
Tojolabal 66,092
Zoque 59,735

Fuente: INEGI, Censo de Población y Vivienda 2020. Estas cifras explican por qué municipios como Ocosingo, Chilón, Chamula y San Cristóbal de las Casas figuran entre los de mayor población hablante del país. (Puedes revisar también nuestra nota sobre las lenguas maternas más habladas en Chiapas.)

Las que se apagan

El reverso de esa abundancia son las lenguas pequeñas. El jakalteko —también llamado popti’— apenas conserva alrededor de mil hablantes en México, repartidos en municipios fronterizos como Amatenango de la Frontera y La Trinitaria. El mocho’, el teko y otras variantes de la frontera sur comparten el mismo destino. Muchas llegaron o se reforzaron con la migración centroamericana: el chuj, por ejemplo, suma cerca de 50 mil hablantes, a los que se añadieron unos 10 mil refugiados que se asentaron en Chiapas durante la guerra civil de Guatemala.

El mecanismo del olvido casi siempre es el mismo. Los abuelos hablan la lengua, los padres la entienden pero contestan en español, y los hijos crecen sin usarla. La migración, la escuela en castellano y el estigma hacen el resto. Cuando una lengua deja de transmitirse en casa, su cuenta regresiva ya empezó.

Doce grupos: once mayenses y un zoque

Chiapas reconoce doce grupos indígenas: once pertenecen a la familia mayense y uno, el zoque, a la familia mixe-zoque, con ocho variantes propias. En el plano nacional, el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) contabiliza 68 lenguas, 364 variantes y 11 familias lingüísticas. Esa diversidad coloca a Chiapas y a Oaxaca como las dos grandes reservas idiomáticas del país, pero también como los territorios donde más urge frenar la pérdida.

El plan para que no mueran

Frente a ese riesgo, el gobierno estatal abrió un programa que financia con hasta 100 mil pesos proyectos comunitarios dirigidos, de manera prioritaria, a las lenguas en peligro. Las reglas de operación piden documentar, registrar, recuperar y, sobre todo, transmitir el idioma: artes y oficios, conocimientos sobre la naturaleza, cultura de paz y reconstrucción del tejido social. La apuesta coincide con el Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas 2022-2032 impulsado por la UNESCO.

Sobre el terreno, la defensa ya ocurre desde la base: educación intercultural bilingüe, programas de radio en lengua originaria, talleres de escritura, música y poesía indígena contemporánea. Cada palabra dicha en tsotsil, zoque o mam es una memoria colectiva que se niega a desaparecer.

Puentes hacia el futuro

Las lenguas originarias de Chiapas no son piezas de museo. Son una identidad viva que se reinventa cada día en las cocinas, las aulas y los micrófonos comunitarios. Por eso aquella abuela de la Sierra insiste, una palabra a la vez, en enseñarle mocho’ a su nieto. Sabe que cada término que el niño aprenda es un puente que mantiene en pie un mundo entero. Y que, si nadie lo cruza, ese mundo se quedará sin nadie que lo nombre.

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