“Ellos sienten el doble. Son niños hipersensibles que con cualquier mirada, gesto, regaño o una crítica les afecta y les afecta el triple”.

La frase la suelta Vanessa Yasmín Pérez con la lucidez de quien ha aprendido a golpes de burocracia y rechazo social lo que significa criar en la neurodivergencia. Ella es la dirigente de Constelaciones TDAH, una colectiva que acaba de inaugurar su andar en Tuxtla Gutiérrez con una marcha que es, en el fondo, un grito de auxilio y un reclamo de dignidad.

El calendario marca el 13 de julio como el día para visibilizar el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), pero en las calles de la capital chiapaneca la realidad se topa con pared mucho antes de la fecha. “Muchas puertas se nos cerraron al iniciar esta marcha”, relata Vanessa. La incomprensión no es nueva; es la misma que califica a los niños de “problema” o “hiperactivos” en las aulas, ignorando el abismo que separa la falta de disciplina del cableado único de una mente neurodivergente.

El laberinto institucional y la economía del desgaste

Para una familia chiapaneca que “vive al día”, el diagnóstico es apenas el primer peldaño de un calvario financiero y administrativo. Un niño con TDAH no sólo requiere la mirada de un maestro empático; necesita terapias, nutriólogos, médicos y neurólogos.

La respuesta del Estado, cuando llega, suele ser un ejercicio de paciencia cruel:

  • La cita: “Ven a los tres meses”, responden en las instituciones públicas.
  • La espera: Tras el trimestre de antesala, la llamada devuelve un portazo: “Se fue de vacaciones, luego le avisamos”.

Esta desidia institucional obliga a las madres a rascarse con sus propias uñas, buscando clases extra y deportes por fuera, mientras cargan con el desgaste emocional de un entorno que las juzga como “madres sin límites”.

La secundaria y el falso mito de la inclusión

Jaqueline Ruiz Robles se sumó a este esfuerzo con la urgencia de quien ya recorrió el tramo más escarpado: su hijo ya está en la secundaria. Si la infancia con TDAH es compleja, la adolescencia, donde el trastorno a veces se ensambla con el autismo o problemas de conducta, se vuelve un terreno minado.

“Tristemente en Tuxtla no hay apoyo emocional. Vivimos dispersos”, señala Jaqueline, apuntando al tabú que aún impera en la sociedad tuxtleca, donde ir al psicólogo sigue siendo “para los loquitos” y donde muchos padres prefieren el autoengaño antes que aceptar el diagnóstico de sus hijos.

El verdadero campo de batalla está en los salones de clase. A los 12 o 13 años, la rigidez del sistema educativo se vuelve más severa. Jaqueline es tajante: los maestros se resisten a dar el paso. No entienden —o no quieren entender— que estos niños florecen bajo dinámicas lúdicas y emotivas que, irónicamente, mejorarían el aprendizaje de cualquier alumno “neurotípico”.

La inclusión escolar en Chiapas, denuncia, se ha reducido a una sana distancia hipócrita: “Tiene una neurodivergencia, lo acepto y me mantengo a distancia para no meterme en problemas”. Eso no es incluir; eso es segregar con amabilidad.

El hiperfoco: el superpoder incomprendido

Tanto Vanessa como Jaqueline coinciden en un fenómeno que la escuela tradicional suele aplastar: el hiperfoco. Cuando a un niño con TDAH algo le apasiona, su concentración se vuelve absoluta, obsesiva, brillante. “Si los maestros tuvieran esa capacidad de enseñarles, yo sé que de ahí pueden salir filósofos, artistas, muchas personas de gran valor”, afirma Vanessa.

La marcha de Constelaciones TDA no busca lástima; busca humanidad. Exige que los especialistas de la salud, los docentes y los padres de familia dejen de aventarse la bolita y formen un equipo real. Mientras las instituciones sigan de vacaciones y la sociedad continúe murmurando a las espaldas de las madres, este grupo de familias seguirá marchando en Tuxtla, recordándole a una ciudad apática que la inteligencia y el afecto también se conjugan de maneras diferentes.

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