Más de medio siglo dedicado al arte de la relojería

El tiempo no se detiene para don Jorge Calvo Trinidad. El tic-tac de los relojes ha marcado su vida desde hace más de medio siglo, convirtiéndose en su pasión, su sustento y su legado.

A los 17 años, dejó su natal Arriaga para abrirse camino en Tuxtla Gutiérrez. Fue allí donde un primo lo introdujo en el mundo de la relojería, un oficio que con los años se volvió su vocación.

“Empecé en 1962 y, aunque ya tengo más de 70 años, no pienso dejarlo. Todavía trabajo y eso me da ánimo, me hace sentir útil”, relata don Jorge con orgullo.

Un oficio de precisión y paciencia

Desde su juventud, el maestro relojero aprendió cada detalle del complejo funcionamiento de los relojes, un arte que requiere precisión y dedicación.

“No soy solo alguien que cambia pilas, soy relojero de verdad, con experiencia”, enfatiza, diferenciando su oficio de los arreglos improvisados que hoy abundan.

Para mantener a su familia, don Jorge buscó apoyo en las joyerías más reconocidas del centro de Tuxtla Gutiérrez, algunas de las cuales ya no existen.

“Fueron tres joyerías las que me dieron trabajo. Llegaba a trabajar hasta las dos de la mañana para salir adelante”, recuerda.

Un taller lleno de historia

Hoy, su pequeño taller es uno de los pocos que quedan en la ciudad. Cada reloj que llega tiene una historia, y mientras sus ojos le permitan distinguir las diminutas piezas que los componen, don Jorge seguirá dándole vida al tiempo.

“Mientras pueda ver bien las piezas, seguiré trabajando. La relojería es mi vida”, afirma.

A pesar de que los relojes han pasado de ser una necesidad a un accesorio, su taller sigue en pie, resguardando un oficio que, como el tiempo, no debería perderse.

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