Rafael Espinosa │ Cuando su vientre comenzó a abultarse, María guardó silencio por semanas con la esperanza de la santa providencia de que el motivo fuese alguna comida pesada en el estómago. Sin embargo, su miedo aumentó cuando el botón de su falda ya no alcanzaba el ojal.

 

María sabía lo que había hecho, aunque siendo una mujer indígena de 20 años, sin haber anunciado al prometido ni haber dote de por medio, lo mejor es que esa misma noche huyera de su casa por voluntad propia.

 

Había pasado por alto las costumbres de la familia de negociar el concubinato y por lo tanto el acto significaba deshonra y escarnio social, en uno de los municipios de los Altos de Chiapas, Chanal, cuyos habitantes viven sumidos en la pobreza, rezago educativo y falta de oportunidades.

 

Un día por la mañana, mientras su padre se fue a trabajar al campo y su madre había ido por leña a la montaña, abandonó el cuidado de sus hermanos menores, para dirigirse a la casa del cómplice de lo que crecía en su vientre.

 

Corrió angustiada por los senderos aún humedecidos por el relente de la madrugada. Lo halló fabricando muebles de madera en el taller de carpintería. Detuvo la marcha con la cabeza baja y lo llamó con bisbiseo.

―Estoy embarazada ―le dijo en lengua tzeltal, sin rodeos pero con timidez.

―¿Y eso qué? ―repuso el otro con indiferencia.

―Vas a ser papá ―soltó sobándose el vientre.

―¿Yo? ―contestó extrañado.

 

El vecino irresponsable, de la misma edad que ella, se desentendió.

María se dio la media vuelta y cuando regresó, su madre descargaba la leña de su espalda. No pudo ocultar sus lágrimas y sólo entonces le reveló el motivo de su llanto.

 

Su madre fue compasiva en cambio su padre casi la mata, recuerda en un español tropezado.

 

Más tarde, llegó su padre. Ninguna de las dos sabía cómo enterarlo. Daban vueltas en el fogón, haciendo tortillas, avivando el fuego, mientras que los niños jugaban en el patio infinito de la casa de laminas ahumadas y paredes de tablas.

 

De pronto, la madre le dijo a su esposo: María está embarazada.

 

El hombre, sentado en una silla pequeña, levantó la mirada de pistola y aventó al suelo la mazorca que tenía en las manos.

 

Hizo a un lado a su esposa con violencia y tomó de los cabellos a María cuyo cuerpo escuálido se encogió con sus cinco meses de embarazo. A cada golpe de su padre, María daba quejidos ahogados, mientras que su madre intentaba apartarlo. Duró más de diez minutos aquel escándalo en la montaña. María nunca reveló el nombre del cómplice de aquella desventura.

―Vete de mi casa ―ordenó su padre.

 

Esa misma tarde, María empacó sus cosas y salió con rumbo a la capital Tuxtla Gutiérrez, a tres horas de ahí. Llegó a casa de su hermana mayor quíen trabaja de empleada doméstica.

 

Se empleó unos meses de lo mismo que ella, en otro hogar, hasta que un día su patrona se dio cuenta de que cada vez le costaba más el quehacer doméstico.

―Mejor vete a reposar a tu casa ―le sugirió.

Fue entonces cuando decidió abortar, sin embargo, con seis meses de embarazo también su vida corría peligro. Así pasó unas semanas, encerrada en el cuarto que rentaban, empapada en llanto al grado de pensar en colgarse de la viga.

 

Su hermana la consolaba por las noches. La llevaba al parque y preguntaba con cualquiera acerca de alguna institución de beneficencia. Sólo así pudo saber de la Fundación Vida y Familia de Chiapas A.C. (Vifac), una de las 25 sedes a nivel nacional desde del 2010 en la entidad, donde su vida dio un vuelco inesperado.

 

Esta institución altruista de atención a embarazadas en desamparo, le brindó ayuda psicológica, alojamiento, ultrasonido, seguimiento a la gestación, consulta médica y asesoría legal, sin costo alguno.

 

La Coordinadora Asistencial de Vifac, Adriana Gallegos Jonapá cuenta que María llegó desmadejada, escuchó el testimonio y la atendió de inmediato. La acompañarían hasta el alumbramiento.

 

Sin embargo, María se ha puesto triste por una nueva noticia; cerrarán la Fundación Vifac por falta de recursos para subsistir.

 

Esta es una de las cientos de historias de chiapanecas embarazadas en desamparo, que Vifac ha atendido a lo largo de nueve años en Chiapas. Ahora Vifac busca ayuda para continuar salvando vidas.

 

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