Diariamente viaja a Tuxtla Gutiérrez, entre una hora y hora y media de recorrido para llegar al centro de abastos en la capital chiapaneca.
Desde hace 30 años, Marisela Hernández Hernández llega cada día al Mercado San Juan, en Tuxtla Gutiérrez, cargando incienso, ocote, chile, limón, tamarindo y pepita.
Diariamente llega de Julián Grajales, un viaje de más de una hora que, dice, ya se ha vuelto costumbre, aunque no deja de cansar. Se levanta a las cuatro de la mañana, sin que el sueño la alcance, y antes de salir deja su casa lista para encontrarla ordenada al volver.
“Pues fíjese que es cansado. Es cansado porque mi tiempo es de una hora, casi la hora 20 minutos, para hora y y media. Es cansado ir y venir. Pero también se acostumbra uno. A menos yo ya me acostumbré hasta ahorita que ya estoy grande”, señaló.
Su historia está marcada por la fuerza de salir adelante sola. Desde joven se separó de su esposo y crió a sus seis hijos —cinco varones y una mujer— con el trabajo del mercado.
Dos de ellos estudiaron en escuelas pagadas y los otros cinco en escuelas de gobierno; todos, cuenta con orgullo, lograron prepararse. Hoy tiene ocho nietos, algunos pequeños y otros ya grandes.
“Pues ellos este se prepararon. Sí, se prepararon. Pues ellos con el el valor de ellos también cuando ya estaban grandes trabajaban y también me apoyaban para las escuelas pues que que tenía uno que este pagar”, contó.
Aunque sus hijos ya no quieren que trabaje, doña Marisela insiste en seguir viniendo al mercado. No es solo por el ingreso, sino por no quedarse quieta.
“Pero me vengo aquí para distraerme. Para este que yo este tenga otro poquito más de tiempo. Porque si me quedo en mi casa, yo ya me voy a morir”, subrayó.
Con sencillez, doña Marisela resume su filosofía de vida: seguir adelante mientras Dios le dé fuerzas, sin pedir a sus hijos, sabiendo que algún día le tocará descansar.
“Y hasta ahorita yo pienso que voy a este primero Dios voy a seguirle a no pedir a mis hijos porque también llegará un un momento que ellos también van a hacer por mí”, apuntó.
Su historia es la de muchas locatarias que, día tras día, sostienen con su esfuerzo silencioso la vida de los mercados y de sus familias.

