
La idealización del amor romántico y la influencia de la música refuerzan patrones de dependencia y control en las relaciones de pareja.
La creencia de la “media naranja” continúa arraigada en nuestras relaciones amorosas, pero detrás de esta idea de encontrar a “nuestra otra mitad” puede esconderse una realidad compleja y mitad peligrosa: la posesión y la violencia emocional.
Así lo afirma Liliana Cruz, psicóloga y maestra en Estudios Culturales, quien señala que este concepto fomenta expectativas dañinas sobre el amor.
“El amor romántico es una construcción social compuesta por mitos que seguimos reproduciendo en la vida diaria”, explica Cruz.
“El mito de la media naranja, en particular, ha permeado las relaciones amorosas, permitiendo que muchas veces se violentan, ya que surge el deseo de poseer al otro para llenar una carencia personal”.
La cultura popular, y especialmente la música, refuerza estas ideas. Canciones que exponen conceptos de dependencia emocional y posesión se escuchan repetidamente, creando una idea de que estos sentimientos son normales y deseables en el amor.
“La música tiene un gran impacto, porque aprendemos también desde lo informal. Al escuchar una canción una y otra vez, la convertimos en una verdad, avalada por la cultura”, apunta Cruz.
Sin embargo, el amor no tiene que basarse en posesión ni en un ideal de dependencia. Según Cruz, un “amor compañero” es un modelo más saludable, donde ambos integrantes crecen individualmente y construyen una relación basada en el diálogo y el respeto.
“En el amor compañero, cada uno puede pensar distinto y tener deseos diferentes, pero se comunica. En el amor romántico, en cambio, se da una estructura de poder donde uno domina al otro”.
Al abordar las diferencias entre el amor posesivo y el amor compañero, Cruz señala ejemplos cotidianos: “En el amor romántico, una persona suele tomar decisiones por la otra, como a dónde ir o qué ropa vestir. En el amor compañero, se toman decisiones en conjunto, se comparte y se respeta la individualidad del otro” .
Esta reflexión invita a cuestionarnos sobre el tipo de relaciones que estamos cultivando y nos insta a buscar un amor más equitativo, donde la independencia y el crecimiento mutuo sean los pilares.















