El odio asesino, otra vez en Comitán

En la Mira / Héctor Estrada

Aún estaban frescas las reacciones por el asesinato de Paola, la chica trans sexoservidora que fue asesinada brutalmente el pasado 30 de septiembre en la Avenida Puente de Alvarado de la Ciudad de México, cuando Chiapas cobró su propia víctima. Se trata de Itzel Durán Castellanos, también mujer trans, a la que la violencia y el odio le arrebataron la vida con la peor saña posible.

Y los hechos ocurrieron otra vez en Comitán, donde las agresiones contra las personas LGBTI, especialmente trans, tienen sus mayores índices de fatalidad. Ahí, se han cometido cuatro de los ocho homicidios contra personas trans en Chiapas durante lo que va del 2016. Los dos últimos con características similares.

Aunque las autoridades no han dado detalles sobre los hechos, lo cierto es que los asesinos le arrebataron la vida Itzel teniendo al odio como principal combustible ejecutor. Y es que, no sólo la apuñalaron un par de veces. Según testigos que vieron el cadáver, a Itzel le hicieron heridas reiteradas el pecho y el abdomen bajo para no dejar posibilidad alguna de sobrevivencia.

Las heridas más graves se empuñaron justo sobre zonas simbólicas de la feminidad: en los puntos corpóreos donde lo senos y el vientre tienen lugar. Ahí se hundieron las mayores expresiones de la irá y el odio sobre el cuerpo de la reina de belleza. Fueron 30 minutos para que llegaran los primeros elementos de emergencias, pero la vida de Durán Castellanos, que legalmente respondía al nombre de Carlos Antonio, ya se había extinguido.

Sin embargo, pese a las pruebas, asesinatos como el de Itzel aún no pueden ser tipificados como crímenes de odio. En los registros de la Procuraduría General de Justicia (PGJE) del Estado de Chiapas este tipo de crímenes son etiquetados simplemente como homicidios calificados o gravosos (en la mayoría de los casos); donde pareciera que la orientación sexual e identidad de género fueron condiciones de nula relevancia en los asesinatos.

Y es que, en Chiapas como en gran parte del país, la no tipificación a este tipo de crímenes de odio dificulta el registro y la aplicación de penas más severas, como sucede con el caso de los feminicidios. Casi su totalidad queda en el entre los archivos de otros homicidios tipificados o agravados. Así, los registros de la transfobia asesina sólo son posibles gracias a la documentación de asociaciones civiles.

No se trata de un problema que deba tomarse a la ligera. En México, como documenta la organización Letra S, desde 1995 se han asesinado a mil 310 personas LGBT: mil 21 hombres, 265 personas trans y 24 mujeres. El promedio de homicidios en los últimos 10 años es de 71.1 casos al año. Somos el país con la segunda mayor incidencia en este tipo de asesinatos, sólo por detrás de Brasil.

Los lugares donde se han cometido más asesinatos contra personas trans en México son la Ciudad de México con 36 casos; el Estado de México con 22, Chihuahua con 20, Veracruz con 19, Nuevo León con 17, Puebla con 15, Guerrero 15, Michoacán 14, Jalisco 11 y Sinaloa con 10. Chiapas es el que mayor repunte ha reportado recientemente con ocho crímenes en lo que va del año.

Son cifras que expresan la urgencia de darle nombre a este tipo de asesinatos dentro códigos penales, porque la situación real así lo amerita. 
Se requiere de mesas de trabajo para analizar y generar políticas de prevención y sensibilización respecto al tema. Ya no puede tolerarse más indiferencia de las autoridades procuradoras de justicia con respecto a una población donde la violencia amenaza con mayor fuerza.